Vilma sabe cómo acelerar el tiempo detrás de las rejas

Vilma Mendoza siente que el tiempo en Cárcel de Mujeres se detiene, aunque el cuerpo envejece. Considera una eternidad los siete años que ha permanecido apiñándose cada noche, espalda con espalda, junto a otras 136 reclusas en una celda construida para 70. A Vilma, según explica, le faltan 28 años en prisión, por ser cómplice de un secuestro. Pero dejó de ver agonizar las horas en los patios del penal, cuando descubrió una clave para que sus días transcurran más rápido.
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“Como casi todas, yo también entré aquí desanimada, deprimida. Cuando el juez me dijo que yo iba a estar 35 años en prisión, sentí que todo se me acabó. Cuando empecé mi condena, sentía que los días eran largos, como nunca antes en toda mi vida. Para que pasara un mes, yo sentía eterno y me desesperaba. Es que era insoportable pasar el tiempo en los patios o en la celda”, relata, mientras camina por un pasillo al lado de la cancha de básquetbol de la cárcel, frente a la mirada de más de 100 mujeres sentadas en bancas improvisadas y en la cancha.

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Al aburrimiento y ocio carcelario se sumaba, según Vilma, que desde que entró al Centro Preventivo y de Cumplimento de Penas para Mujeres de Ilopango, conocido como Cárcel de Mujeres, no ha visto a su hijo en persona, solo en fotografías.

“Cuando yo entré a la cárcel, dejé a mi hijo de siete años. No lo he visto desde entonces, no me puede visitar. Un día mi mamá, cuando todavía me visitaba porque no estaba tan enferma, me dijo que el niño me mandaba a decir que me extrañaba y que me quería mucho. Fue de esos días en que más quería que el tiempo se acelerara, pero fue uno de esos horribles días en que el tiempo iba más lento”, lamentó con voz cortada e intentando detener las lágrimas con su mano derecha.

Al final del pasillo, Vilma entra a las instalaciones de la nueva panadería que ayer la embajadora de Estados Unidos, Jane Manes, inauguró junto a las autoridades del Ministerio de Seguridad y Centros Penales.

“Descubrí que la única forma de hacer que los días pasen rápido es mantenerme ocupada. Esa es la clave para hacer que el tiempo acelere en la cárcel. Ahora estoy aquí, feliz de que aprender a hacer pan dulce”, dice Vilma.

Como ella, 57 mujeres más, vestidas con un uniforme blanco, con franjas y botones negros y un gorro blanco, son parte de la nueva panadería.

Según la embajadora Manes, el proyecto tuvo una inversión de $200,000 para acondicionar el lugar y comprar hornos, bandejas, harina y materia prima para comenzar a hacer el pan.

“Nosotros creemos en ustedes. Esto no es una donación, sino una inversión en ustedes. Cada una puede hacer la diferencia. Lo están haciendo desde que colocaron la primera piedra para construir el local. Ustedes pueden contribuir a la sociedad, a El Salvador”, les dice la embajadora a las 58 mujeres, entre las que está Vilma.

El ministro de Justicia y Seguridad, Mauricio Ramírez Landaverde, también toma el micrófono para animarlas. “Desde diciembre 2014 venimos trabajando en el modelo de gestión penitenciaria ‘Yo Cambio’, porque creemos en ustedes, creemos que se pueden reinsertar cuando salgan, esto les ayudará allá afuera”, afirma.

Morena Guadalupe de Portillo, directora de Cárcel de Mujeres, agrega que la panadería también pretende vender el producto afuera y generar ingresos para invertirlos en programas de ayuda a las privadas de libertad.

Vilma, después de las intervenciones de los funcionarios, asegura que ahora aprenderá a hacer pan, pero antes de esto ya aprendió a cocinar como chef, ya aprendió a soldar, ya es costurera, ya puede bordar e incluso está aprendiendo teología. “Todo eso me ha ayudado a hacer que el tiempo se acelere aquí en la cárcel”, señaló.

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