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"Yo solo veía las alcancías, nunca eché un centavo"

Veía con frecuencia los anuncios en la televisión o las alcancías en diferentes establecimientos comerciales, pero nunca se le cruzó por la mente que un día tendría la necesidad de ir a tocar las puertas de la Fundación Ayúdame a Vivir, cuando a su hija le diagnosticaron leucemia, poco después de haber cumplido los seis años.

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Voluntaria.  Karla asegura que nadie va a sacarla de la fundación después de todo lo que le ha dado. Ahora es voluntaria y está a cargo de cocinar y repartir los almuerzos que se les entregan a los padres que llevan a sus hijos a recibir tratamientos como la quimioterapia.

Voluntaria. Karla asegura que nadie va a sacarla de la fundación después de todo lo que le ha dado. Ahora es voluntaria y está a cargo de cocinar y repartir los almuerzos que se les entregan a los padres que llevan a sus hijos a recibir tratamientos como la quimioterapia.

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 Karla Patricia Claros de López es cosmetóloga. Solía tener un pequeño salón de belleza en un espacio que había habilitado en su propia casa, en el municipio de Santiago Texacuangos.

Su vida transcurría dentro de la normalidad hasta que el comportamiento de Fabiola, su única hija, mostró cambios radicales: se cansaba más rápido y más que de costumbre, comenzó a perder el apetito, no quería ir más a la escuela y se quejaba de todo.

“Yo dije ‘es la rebeldía’. Pero me empecé a preocupar cuando comenzó a bajar mucho de peso y le daba mucha fiebre”, recordó.

En un principio, Karla relacionó la fiebre con un proceso gripal, por lo que la llevó a pasar consulta médica, pero le dijeron que no se preocupara, que el aumento de temperatura era normal porque se le estaba desarrollando una infección gripal, le recetaron amoxicilina y la enviaron de vuelta a casa.

Los médicos le dijeron que también era normal que los niños no comieran o que perdieran peso durante la etapa de crecimiento.

Y les hizo caso hasta que un día Fabiola simplemente ya no quiso comer nada y le aparecieron varios moretones en el cuerpo. “Un día le dije: ‘Mami, ¿qué te pasa? ¿Te han golpeado en la escuela? Decime. Le pregunté si le dolían los moretones y me dijo que no. Le pregunté si le estaban hacendo bullying o si los maestros le habían dicho o hecho algo, y también me dijo que no. Pero yo le preguntaba que por qué no quería ir a la escuela”, comentó.

 Fabiola llegó al punto de tomar siestas en pleno mediodía con una frazada encima, a pesar del calor sofocante; y en los siguientes días se quejó por un fuerte dolor a la altura del abdomen. 

Cuando la llevó a pasar consulta por ese dolor, le dijeron que era un cólico, pero que si persistía, consultara de nuevo para hacerle una ultrasonografía. Lo hizo, fue a consulta de nuevo, pero estaba otro médico que no le hizo la prueba; de hecho, no  le hizo ningún examen médico, pero le diagnóstico anemia clínica. “La llevé muchas veces al médico y nada, siempre me la mandaban para la casa”, criticó. Según detalló, la niña llevaba sus controles médicos en el Instituto de Bienestar Magisterial porque su esposo es docente.

 Cansada, preocupada y aconsejada por una tía, la llevó de emergencia al Hospital Nacional de Niños Benjamín Bloom. “Allí el médico me dijo: ‘No la quiero asustar, pero yo tengo una sospecha. Para mí, esto es una leucemia. Va a quedar ingresada y le vamos a hacer unos exámenes’. Yo escuché la palabra leucemia y me bajó algo horrible de la cabeza a los pies. Empecé a llorar y la niña estaba sentada en las piernas de mi esposo, y me dijo: ‘Mamá, tranquila, si ya me voy a curar’”.

Los resultados de las pruebas detectaron que el dolor no era provocado por un cólico, sino por una inflamación en el bazo, porque ahí se habían acumulado las células cancerígenas.

Sufrió mucho con la caída de cabello, pero poco a poco tomó confianza para abandonar los gorros o las vinchas, porque le daban mucho calor. Su madre cuenta que al principio le molestaba que se le quedaran viendo sus compañeros en la escuela o que le hicieran preguntas, pero que luego comenzó a contar anécdotas que le causaban gracia. “Una vez me vino contando que le habían preguntado que por qué andaba una mascarilla, que si estaba estudiando medicina (ríe). O le decían que su cabeza olía a melocotón. Otra vez me vino diciendo: ‘Mami, mucho me cuidan: no me dejan correr, me dicen que me lave las manos, no me dejan comprar nada porque llevo lonchera. ¡Ay, no! Muy aburrido’ (ríe Karla)”. 

Después de tres años de quimioterapia en la Fundación Ayúdame a Vivir, Fabiola se encuentra ahora en la fase de vigilancia. A sus nueve años, dice que quiere ser chef pastelera, porque le encanta comer pastel, que su comida favorita es la pizza y los macarrones con queso, y que su asignatura preferida es computación.

“Ahora, cada vez que voy a un lugar y veo que hay de esas alcancías, le digo a mi mamá que me dé pisto para echar, para que los otros niños se curen también”, expresó Fabiola.

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