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Aplicación

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‘Aplicación’ no es una palabra nueva entre nosotros. Desde hace siglos es un nombre que significa: “Afición o asiduidad con que se hace algo, especialmente el estudio” y “ornamentación ejecutada en materia distinta de otra a la cual se sobrepone”, según el Diccionario de la lengua española (DLE, 2014). Esta voz coexiste con el verbo ‘aplicar’, que tiene varias acepciones, de acuerdo con la misma fuente.

Sin embargo, desde hace décadas, en el ámbito de la informática, ‘aplicación’ se refiere a un “programa preparado para una utilización específica, como el pago de nóminas, el tratamiento de textos, etc.” (DEL, 2014) y, recientemente, debido a la telefonía celular, también se entiende como “aplicación informática diseñada para ser ejecutada en teléfonos inteligentes, tabletas y otros dispositivos móviles y que permite al usuario efectuar una tarea concreta de cualquier tipo –profesional, de ocio, educativas, de acceso a servicios, etc.–, facilitando las gestiones o actividades a desarrollar” (Wikipedia, 2017). El término, como muchísimas palabras en nuestro idioma, ha ido ampliando su significado.

A menudo, cuando alguna persona me pregunta sobre “el correcto significado” de un vocablo, yo le respondo que tal cosa “casi no existe”, pues la verdad es que la mayor parte de las palabras de nuestro idioma (o de cualquier otro) tienen varios o muchos “significados correctos”, es decir, son plurisignificantes. Así, parte de nuestra formación cotidiana debería consistir en ampliar nuestro vocabulario, pero no solo en el conocimiento de nuevos términos, sino también de sus distintas acepciones. El dogma huiría de nosotros.

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