En el limbo de un “maker”

No es un artista, aunque crea piezas que podrían considerarse obras de arte; tampoco es diseñador en el término más estricto de la palabra. Es un “maker”, un “hacedor”, un “creador”. Su nombre: Baltasar Portillo.
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Creció rodeado de muebles que no eran comunes. No caros, sino inusuales. Entonces un día de 1994 creó su primera mesa. “Era un pedazo de tronco, que tenía la forma de un tiburón, y le puse dientes de piedra”, recuerda Baltasar Portillo, sentado en el escritorio de su taller ubicado en el centro de San Salvador.

Tras esa mesa, creó otra y, luego, otros muebles. “Necesitaba esa libertad”, asegura. Entonces se fue apasionando cada vez más por los muebles artísticos y adoptó el hierro como materia prima principal. “Estaba inseguro de si lo que creaba era arte o no”, explica y es que, al formarse de forma empírica, dudaba cómo debía catalogar su trabajo. “Era como estar en el limbo. ¿Era un artista o un diseñador?”, se preguntaba.

Entonces, un día, descubrió la respuesta. Sin saberlo formaba parte de un movimiento que se empezó a gestar principalmente en Europa alrededor de 1940. Pero a pesar de nacer en el Viejo Continente, el término para catalogar a los creadores de mueble de estudio fue definido en Estados Unidos. Los llamaron “makers”, que se traduce en español como “hacedores”.

Pero Baltasar no es reconocido por sus mesas, sino por sus sillas. Su primera exposición de estas piezas fue en 1996, en el Teatro Nacional. Creó una serie de 14 sillas “un poco psicodélicas y altas”: “La gente me conoce más por mis sillas ya que, por un lado, casi nadie las estaba haciendo y, por otro, es que son fáciles de interpretar: todos tenemos una silla, todos nos hemos sentado en una”.

Para Portillo hasta ese momento todo era como un juego. Pero en 2004 todo cambia. La creación de muebles lo absorbe y comienza a desarrollar su propio lenguaje. Fue entonces que a Portillo le ofrecen una oportunidad única. Lo contrata un coleccionista de Nueva York para que cree piezas para una casa de 3,000 metros cuadrados que tiene en Nicaragua.

“‘¿Qué quiere que le haga?’, le preguntaba al coleccionista, y él solo me decía: ‘hay ve vos qué hacés’. ‘¿Quiere lámparas’?” ‘Sí, hacelas’”, recuerda Portillo quien calcula que terminó creando entre 200 y 250 en los tres años (de 2006 a 2009) que permaneció en Nicaragua.

Debido a que la casa era colonial, Portillo no se quiso imponer a la herencia arquitectónica. “No quería contaminar el espacio y decidí hacer muebles sutiles”, explica. Y esta decisión marcó la evolución de sus sillas. Estas fueron adoptando patrones geométricos y tenían el objetivo de ser más transparentes.

“La idea es que casi ni se vean, que uno tenga que acercarse para ir entendiendo la forma, para ir entendiendo que es una silla. Te deja en ese enigma. Son como fantasmas que te invitan a acercarte para irlos reconociendo”, expresa.

Y esto lo ha llevado a presentar su obra no solo en El Salvador: también en Estados Unidos, Alemania, Francia, España e Inglaterra. Sus muebles han sido presentados en museos, galerías, ferias y bienales.

“En mis sillas queda un pedazo de mi locura. Me imagino mundos y personajes. Son mundos livianos y transparentes que terminan convirtiéndose en sillas”, afirma.

Entre arte y diseño

Ni arte ni diseño. Los muebles creados por los “makers” pueden considerarse una mezcla entre ambos o creaciones que se encuentran en los límites del arte y el diseño. “Yo persigo la integración entre arte y función, al crear esculturas en las que te puedes sentar. De hecho, muchas veces, la percepción de si es arte o no depende del contexto”, explica Portillo.

Y es que entre las diferencias que señala con el diseño es que se tratan de piezas únicas o de series limitadas, en las que la funcionalidad no es la prioridad ni el costo es un factor determinante. “No somos diseñadores, aunque sí trabajemos de forma cercana”, expresa.

Pero también tiene diferencias con el arte, al menos cuando esta es entendida en el sentido más estricto: las obras de arte son de carácter contemplativo y carecen de una funcionalidad, es decir, un uso. Es decir, por un lado están las pinturas, esculturas y canciones y por otro las mesas, sillas y escaleras. Pero los “makers” transgreden estas concepciones. “Nuestra filosofía es buscarle alma al mueble”, sentencia.

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