La Crítica | Infiernos que resultan familiares

Con Noche de Fuego, la cineasta salvadoreña nacionalizada mexicana, Tatiana Huezo, incursiona por primera vez en el terreno de la ficción sin que ello implique un alejamiento abrupto de los caminos que había transitado hasta ahora en su carrera como documentalista.

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Porque a pesar de que las situaciones y los personajes retratados en ella son imaginarios, la estructura de la obra descansa en una profunda investigación que busca reflejar de la manera más fiel posible una realidad cruda en la que vuelven a aparecer algunos de los temas que la realizadora había explorado ya en sus trabajos anteriores: el crimen organizado, la violencia, la solidaridad comunitaria, la resiliencia.

Basada en la novela "Prayers for the Stolen", de Jennifer Clement, Noche de Fuego nos traslada a un pueblo enclavado en la Sierra de Guerrero, en México, cuya belleza escénica es solo comparable al eterno abandono al que ha sido condenado.

Ahí las oportunidades son escasas y lo que sobran, en cambio, son la pobreza y las razones para marcharse. En él, sus habitantes viven temerosos, sumergidos en una especie de pacto de silencio, lejos de la protección de un Estado que aparece muy poco y que, cuando lo hace, es solo para dejar patente que la verdadera autoridad está en otro lado. Una autoridad paralela y criminal a la que, en el mejor de los casos, esos mismos representantes estatales temen o con la que colaboran directamente.

Un pueblo escarpado e inaccesible, en fin, en cuyas laderas florecen los cultivos ilegales de amapola, base para la elaboración del opio y la heroína, que bien podría ser uno más de los muchos existentes en el Triángulo Norte de Centroamérica.

Es en esas condiciones tan adversas, que marcan a fuego su paso de la infancia a la adolescencia, que tres niñas, Ana, María y Paula, pronto descubren que el mundo no es solo ese paraje idílico y bucólico en el que desgranan cómplices sus horas de juego, sino un lugar profundamente hostil que se ensaña de particular forma con las niñas y las mujeres.

Amén de la consabida violencia sexual contra las segundas, en un acto de extrema crueldad los narcos también raptan y desaparecen a las primeras, algo que a menudo se extiende de igual manera a todos los miembros de sus familias.

Un día esas personas están y al siguiente solo quedan sus casas desiertas que, llenas de enseres y prendas que ya nadie ocupa, parecen como suspendidas en el tiempo. Tras los vacíos provocados por esos raptos quedan solo camastrones desordenados, ropa tirada, bicicletas castigadas por el sol o por la lluvia, animales solitarios que deambulan por los campos, platos de comida que quedaron servidos, intactos, tal y como la última vez que sus habitantes estuvieron ahí, y que ahora se pudren en el silencio espeso de los días.

Nadie explica cuál es la suerte de esas niñas desaparecidas, pero tampoco hace falta. Porque todos lo saben. Y el espectador lo intuye. Por eso, para protegerlas, las madres de las que todavía quedan las esconden, les impiden jugar en la calle, las desfeminizan, obligándolas a llevar el pelo corto y a usar ropas holgadas, tratando de sortear de esa forma un destino que muchas veces se revela inevitable.

Noche de fuego nos presenta así un drama que a nosotros —salvadoreños, centroamericanos— nos resulta terriblemente cercano, pues nos remite a nuestras propias tragedias. Tragedias que, salvo matices, comparten en esencia los mismos trazos: la violencia, las desapariciones, la impunidad, el fracaso de unos Estados que en vastas zonas de sus territorios han capitulado frente al poder de estructuras criminales que imponen su ley a poblaciones desesperadas.

Huezo navega por ese desgarrador panorama con elegancia, echando mano de un lenguaje visual y sonoro que, como ya sucedió en sus trabajos anteriores, roza la poesía y manejando los ritmos de su historia con especial cuidado, alternando largos y pausados momentos, donde se reflejan el ensueño y la candidez de esas infancias que se desmoronan, con tramos de mayor agitación, en los que ese escalofriante poder sin rostro deja sentir toda su presencia.

Notable es también su trabajo al frente de unas actrices que, no obstante su cortísima edad, encarnan personajes completos y verosímiles, algo que para una directora proveniente del documental habrá implicado un reto particular.

Motivos más que suficientes que explican el por qué la cinta, que está disponible en Netflix desde el 17 de noviembre pasado, tuvo un paso sobresaliente en el Festival de Cannes de este año, donde logró una mención honorífica en la categoría "Un certain regard".

Guión 
8

Reparto 
8

Dirección 
9

Calificación final 
8

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