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La Tate Modern altera la historia del arte

El museo amplía sus espacios y propone un radical replanteamiento de la colección permanente, tanto en los viejos como en los nuevos espacios.
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El Tate Modern, el museo de arte moderno y contemporáneo más visitado del mundo, reveló sus cartas para seguir ganando en el siglo XXI la partida del arte como un improbable equilibrio entre reflexión y espectáculo: una pirámide de ladrillo de 10 pisos firmada por los arquitectos suizos Herzog & de Meuron y una nueva forma, más plural, global y femenina de contar la historia a partir de 1900. “El mundo ha cambiado mucho en estos 16 años (desde la apertura en 2000), ya era hora de que también alteráramos los relatos”, explicó Frances Morris, su directora desde enero.

La nueva estructura se asemeja a una de esas torres defensivas que salpican la costa oriental británica. Desde fuera, la fortaleza solo se permite el respiro de unos escuetos ventanales por los que de buena mañana se introducía una luz típicamente londinense. El símil defensivo es útil: el nuevo edificio apuesta por preservar la belleza brutal de los muelles meridionales del río, en los que el arquitecto Giles Gilbert Scott

erigió a mitad del siglo pasado la central eléctrica que acabaría en el ejemplar museo e icono de la nueva ciudad. La mole achatada luce hoy asediada por torres de cristal a este lado del Támesis y, al otro, por la amenazante arrogancia del dinero de la City. De esta se obtiene una inmejorable vista desde la terraza panorámica del último piso del nuevo edificio, una atracción turística en sí misma y “la mejor postal de la ciudad para un corresponsal financiero”, como certificó asomado a la barandilla el divulgador de la BBC Will Gompertz.

La ampliación ha servido también para reordenar la colección permanente, tanto en los viejos espacios como en los nuevos, consagrados al arte desde 1960. La Tate fue pionera en negar la cronología como un modo válido de relato. Esa idea sale ahora reforzada. Si las salas de siempre se han reorganizado en torno a conceptos como el artista y la sociedad o materiales y objetos en los que el artista brasileño Cildo Meirelles convive con el titán del arte estadounidense Mark Rothko. La preocupación de los equipos comisariales residentes (que firman sus decisiones) se centra en las salas recién construidas en tres de los temas esenciales del arte contemporáneo: el sentido de la representación escultórica, la participación del público y la ciudad.

Entre las 800 obras de 300 artistas de 50 países expuestas (tres cuartas partes de las cuales han sido adquiridas desde que abrió el museo), crece la presencia de mujeres hasta el 50 % (cuando el museo abrió, el porcentaje era del 17 %).

Como para subrayar que el cambio permanente es hoy la única certeza posible en todos los órdenes de la vida, Morris sentenció: “Estoy segura de que la institución será muy distinta en 10 años, pero también que no necesitará de más espacio”, y sonó creíble. En el cambiante mapa de los museos, La nueva Tate abrió al público equipado para enfrentarse al reto de seguir pintando.

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