Las confesiones de Gerard Butler

El famoso actor escocés Gerard Butler abre su intimidad y expone las diferentes facetas en su carrera, desde la vida como estrella de Hollywood, hasta el buen negocio de ser imagen de la fragancia Boss Bottled. Tampoco escapan sus estrenos en la pantalla.
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Cuánto más avanza el siglo XXI, más voces se suman a la idea de que la masculinidad no existe, que es solo un nombre empleado a lo largo de los siglos para justificar comportamientos realmente aleatorios.

El actor Gerard Butler (Escocia, 1969) sí existe. Mide metro ochenta y ocho, tiene extremidades que parecen de ternera, una presencia perceptible hasta por quien se encuentra de espaldas a él y una voz, prácticamente todo gruñido, que le sale desde lo más abisal del torso. Precisamente con esa voz alcanzó la inmortalidad hace nueve años al pronunciar una de las frases más repetidas del cine moderno. En “300”, la fantasía épica sobre la batalla de Termópilas, su personaje, Leónidas, arenga a las tropas bramando: “¡Esto es Esparta!”, y Butler asegura que casi una década después aún es lo que oye susurrar a la gente cuando le ven por la calle.

Sin embargo, lo que ha hecho esa voz es pedir que le suban un chuletón de ternera y una barrita de cereales a la habitación del hotel madrileño donde tiene lugar esta entrevista con El País, en el marco del estreno del thriller “Objetivo: Londres”.

Pero ahora lleva un rato callado, con los ojos aguamarina clavados en el suelo, la media sonrisa de alguien que está pensando dibujada en el rostro. Estaba contando todas las fechorías que comete su personaje, Set, la deidad de la fuerza bruta y lo incontenible, en su nueva película, “Dioses de Egipto”, y le ha asaltado la duda de si ha hecho de malo antes, en alguno de sus nueve años como actor en la primera línea de Hollywood.

“¡Eh, Alan! ¿¡He hecho alguna vez de malo!?”, vocea repentinamente, sin cambiar la postura, proyectando el grito al suelo con tanta fuerza que rebota y va directo a la habitación contigua, en la que se encuentra su asistente.

“Estoy pensando...”, se oye la tenue respuesta desde la otra estancia. “Creo que no”.

“El Fantasma (de ‘El fantasma de la ópera’, la adaptación del musical que protagonizó en 2004) supongo que era un poco malo”, recuenta en voz alta, con ese estilo tan despreocupado con el que habla, como de estar en una sobremesa que se ha prolongado un buen rato.

“Y en ‘Un ciudadano ejemplar’ (un thriller en el que interpretó a un asesino en serie en 2009) desde luego...”. Vuelve a quedarse absorto, dándole vueltas a las 19 películas que ha rodado desde que alcanzó el estrellato. Ha hecho de padre de familia asustado y protector en thrillers de acción. Ha hecho de cerdo machista y de exnovio que finge no tener el corazón roto en comedias románticas. De agresivo comandante militar en batallas de época. De veterano que tiene que enseñar a discípulos más jóvenes en una cinta de deportes. De soltero carismático que culpa al mundo de su incapacidad para madurar y de marido perfecto en diversos dramas.

Gerard Butler no sabe si ha encarnado a muchos malos, pero lo que es seguro es que ha encarnado a muchos hombres marcados por el hecho de ser hombres.

Cómo ser un nombre en Hollywood. Su secreto fue adelantarse a la caducidad de la virilidad clásica y ser de los primeros en dotar a sus personajes de una vulnerabilidad cada vez más característica.

No recuerda el momento en el que se propuso hacerlo así, pero, a decir verdad, tampoco recuerda un momento en el que le gustasen los personajes sin dobleces. Ni siquiera postrado ante la televisión en Paisley, el pueblo de 80,000 habitantes en el sur de Escocia donde forjó su vocación. “De pequeño me identificaba con los personajes más imperfectos”.

“¡Quiero ser ese Cazafantasmas y lanzar un rayo y hacer...!”, recuerda, escenificando una caída. “Me gustaban Brando y, sobre todo, Paul Newman... Ese sí que sabía hacer de héroe roto. De desastre que te encanta porque te identificas con sus imperfecciones, con su egoísmo y su estupidez”, dice.

El teatro

Después de estudiar Derecho en la Universidad de Glasgow, actuar en grupos de teatro amateur y trabajar durante un breve tiempo como abogado, Butler viaja a Londres para iniciar su trayectoria como intérprete en la escena teatral de la capital británica, actúa en la obra teatral “Coriolanus”.

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