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The Mandalorian. El "wild west" en el espacio

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The Mandalorian

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La serie estrella de Disney +, basada en el universo de La guerra de las galaxias, funciona porque vuelve a los conceptos estéticos de la trilogía fundacional y huye, en muchos tramos, de las concesiones comerciales que la saga había hecho en los últimos años.

Se ha escrito que George Lucas se inspiró en "La fortaleza escondida" de Akira Kurosawa y en "Los centauros del desierto" de John Ford. Del maestro japonés, se ha dicho, el creador de Star Wars tomó la estética y algo de la sique que trasladó a sus personajes más emblemáticos; y del creador del "western" gringo, tomó un rasgo definitorio: la soledad de su protagonista contrastada con la grandeza de su entorno. En "The Mandalorian", el director Jon Favreau, uno de los tantos herederos de Lucas, vuelve a esos orígenes, y en algunos pasajes incluso los dota de una belleza renovada.

La acción de The Mandalorian, que recién estrenó su segunda temporada, transcurre en algún momento después de que las fuerzas rebeldes lideradas por Han Solo, Luke Skywalker y la princesa Leia Organa destruyeron dos estrellas de la muerte, mataron al emperador Palpatine y rescataron de las tinieblas a Darth Vader. Es decir, después de "El regreso del Jedi".

A la caída del imperio galáctico siguió un vacío de poder que quieren llenar caudillos, generales renegados, sectas y otras especies que hemos ido conociendo en cuatro décadas de exposición al universo Star Wars. En medio de ese caos es que nos topamos con Din Djarin, miembro de los mandelorianos, una especie de secta religiosa poblada de guerreros reconvertidos en cazarrecompensas.

Djarin es el mandeloriano, un jinete solitario, el vaquero del espacio que resume en él los rasgos más entrañables de Han Solo, los más oscuros de Luke en sus coqueteos con el "dark side", y, lo dicho, el cinismo y la practicidad de otros personajes de los que todos ellos han mamado, como Ethan Edwards, el cazarrecompensas que John Wayne hizo para Ford, o incluso el hombre sin nombre al que da vida Clint Eastwood en El bueno, el malo y el feo de Sergio Leone.

Hay alguna secuencia de la primera temporada que, como ya lo había hecho Lucas en tantas escenas, hace homenaje a estas fuentes creativas de las que ha mamado el arte cinematográfico de esta galaxia muy muy lejana. Como esa en que el mandeloriano, su estampa por delante, se enfrenta a un ejército de cazarrecompensas que, como él, buscan el mismo botín; todo en esa puesta en escena, el pueblo fantasmagórico y polvoriento donde ocurre, la música, la cadencia de la acción, bien podría estar, pistolas láser y atuendos galácticos aparte, en cualquier filme de Leone.

Como en un buen "Western", en The Mandalorian son importantes el personaje central y el entorno agreste, pero igual de relevante debe de ser la misión, la búsqueda por lo que está más allá del horizonte, eso por lo que el joven Luke suspiraba en la primera entrega de 1977 cuando, desde su hogar en el árido planeta Tatooine, soñaba con ser piloto de la rebelión.

No parece casualidad que Tatooine, su desierto y su decrépito puerto espacial en Mos Eisley, sean tan importantes en The Mandalorian. Ese planeta, origen y final de tantas cosas en la saga, es el lienzo ideal, desértico, hostil, sobre el que estos jinetes deben de pintarse. Es ahí, en esa soledad, donde estos vaqueros se hacen duros, donde primero conocen a la muerte. Es, digamos, su Villa Fiorito, porque también hay mucho de marginal en estos personajes, que se pulen lejos del poder para eventualmente confrontarlo o, en no menos casos, dejarse seducir por él.

A Din Djarin, la misión le llega por un cambio de conciencia: en lugar de entregar por dinero a una pequeña criatura, el tan viralizado Baby Yoda, decide convertirse en su protector. Entonces empiezan los encuentros y desencuentros del vaquero con su destino.

Me atrevo a escribir que "The Mandalorian" es hasta ahora, por sus guiños al origen clásico de esta saga y su capacidad de hacer que el viaje del protagonista sea el hilo central de todo, el mejor homenaje que la casa Disney ha hecho hasta ahora a aquel mundo que George Lucas descubrió ante nuestros ojos vírgenes en Tatooine.

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