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Trata de personas en Turquía: ‘Ya nos habían negociado, íbamos a ser vendidas’

Dos mujeres fueron rescatadas en Turquía por el Grupo de Policía Judicial de Migración Colombia.

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Trata de personas en Turquía: ‘Ya nos habían negociado, íbamos a ser vendidas’

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El negocio está hecho”. Cuando *Sara y Camila, dos jóvenes colombianas, escucharon esta frase en Turquía, un país que se extiende desde Europa oriental hasta Asia occidental y con una cultura totalmente diferente, sabían que prácticamente iban a ser traficadas como si fueran mercancía.

Todo comenzó en Pereira, en el Eje Cafetero. Una de ellas ya había tenido una experiencia en China y quería arriesgarse una vez más por la posibilidad de tener nuevos ingresos. Víctimas de un entorno pobre, muchas con hijos, abandonadas por sus esposos y sin posibilidades de estudiar o trabajar, son explotadas sexualmente con o sin conocimiento de causa.

Pero no todo salió como se esperaba. La primera alerta fue dada por un familiar de las jóvenes. Este le contó a un funcionario en la región que se las habían llevado para Estambul, una importante ciudad que se ubica a lo largo del estrecho de Bósforo y donde están presentes diversas influencias culturales, provenientes de los distintos imperios que gobernaron la región.

De todo esto se enteraron los investigadores del Grupo de Articulación Operacional de la Policía Judicial de Migración Colombia, quienes, en simultánea con otros importantes operativos, se dieron a la tarea de rescatar a estas mujeres en contra de todos los pronósticos. Todo ocurrió el 16 de marzo de 2021.

La primera vez que lograron tener contacto con ellas su voz las delataba, estaban presas del pánico. “Sara nos contó que llegaron allá por un hombre que había conocido en China, en una discoteca, cuya relación se había mantenido activa a través de las redes sociales tras el regreso de ella al país”.

Este hombre la había convencido de que Estambul era un buen destino para ‘trabajar’ y que la necesitaban de forma urgente. Sara no tenía dinero para subsidiar un viaje de esa naturaleza, y así se lo dijo a ese hombre. “Ahí las engancharon. Les dijeron que ellos cubrirían todos los gastos del viaje, incluido los tiquetes, la obtención del pasaporte y un dinero adicional”.

Así no solo la captaron a ella, sino también a Camila, su prima. A través de videollamadas las iban ilusionando con promesas de dinero y viajes. También las presionaban para que su partida se diera lo más pronto posible. “Finalmente, los árabes les enviaron mil dólares a cada una y dineros adicionales para sus familias. Les dijeron que no se preocuparan por nada, que allá iban a pasear. Estas redes buscan generar en sus víctimas confort y confiabilidad”, contó el investigador.

El voucher llegó completo. Pereira-Bogotá-Estambul y, de igual forma, el retorno. Hasta ese momento, las cosas parecían transcurrir de forma normal. Salen de la capital y llegan hasta ese país.

El pacto había sido que se encontrarían con sus amigos en el aeropuerto, pero los hombres nunca llegaron; en cambio, las llamaron y les dijeron que cogieran un taxi y se dirigieran directo al hotel. Esa es la primera irregularidad, también que habían dicho que llegaban en un vuelo que solo arribaba hasta la tarde. “Si ya estaban en el hotel, pues estaban mintiendo”, contó el investigador.

Sin conocer nada del transporte de la zona, cogieron un taxi vip hasta el hotel. “Cuando las jóvenes llegaron al lugar, los hombres las regañaron por haber utilizado ese servicio. Ellas, sorprendidas, les dijeron que no sabían que ese transporte era el más costoso”. Los hombres actuaban extraño y les dijeron que se bañaran y que descansaran del viaje.

Las mujeres, en un acto de amabilidad, les llevaron productos típicos colombianos, pero la reacción de sus conocidos era inexpresiva y sus rostros mostraban preocupación. Ahí comenzó la angustia mayor.

En el hotel, Sara supo por primera vez a lo que se enfrentaba. Uno de los hombres le dejó claro que todo el dinero que les habían enviado configuraba una deuda que tendría que pagar a como diera lugar. Le quitó 700 dólares que tenía.

Mientras eso sucedía, en otra habitación, algo parecido le pasaba a Camila, solo que ella tuvo la astucia de esconder el dinero y su pasaporte.

Presas del pánico ante lo sucedido, hacían turnos para dormir mientras observaban movimientos y charlas sospechosas en otros idiomas de los hombres que ahora ya no eran sus amigos, sino sus captores. “Una de ellas, que entiende algo de inglés, escucha cuando uno de ellos le dice a alguien con quien habla por teléfono: "Ya están aquí, el negocio está hecho”.

No había lugar a dudas. Iban a ser vendidas como mercancía, no tendrían dominio sobre su cuerpo, serían explotadas y torturadas por una red de trata de personas. “Sara ya había conocido el actuar de algunos hombres de esa región, sabía a qué se enfrentaba”, contó el investigador. Los hombres, en medio del delito, las miraban con lástima, como quien ve a un animal que parte hacia el matadero. Así describieron lo que sentían.

Las mujeres sospechaban de todo, incluso del recepcionista del hotel, pues permanentemente veían hombres afuera del recinto como si las estuvieran vigilando. “Ellas se turnaban hasta para bañarse pues sabían que, en cualquier momento, vendrían por ellas”. Pronto se enteraron de que el hotel donde estaban era una zona frecuentada por hombres que buscaban explotar mujeres, muchas extranjeras.

Los hombres que las habían captado huyeron, seguramente estaba finiquitada su labor, solo restaba que llegaran otros traficantes de la cadena delincuencial a llevarse a la mujeres. “Cuando ellas intentaron buscarlos, escribirles, ellos ya no les respondían, incluso las bloquearon”, contó el investigador. Él guarda los chats de las mujeres escritos en inglés preguntándoles por qué les estaban haciendo eso.

“Huyan, huyan”, “las van a matar”, “ustedes están en peligro, salgan de ahí”, les decían otros a quienes consultaron, y eso, que las hacía entrar en pánico, dificultaba la labor de los investigadores colombianos, quienes luchaban por ganarse la confianza de las jóvenes. “Me tocó decirles que se calmaran y que habláramos un solo idioma o no nos íbamos a entender”. Era casi que una labor psicológica.

El riesgo era muy alto, si estas mujeres no seguían las recomendaciones desde Colombia, podían ser trasladadas a otro país, encerradas, abusadas, torturadas.

Finalmente, con ayuda del personal del hotel, huyeron en el primer carro que pudieron hacia otro hospedaje más cerca del aeropuerto, claro, presas del pánico, pues les habían dicho que la red tenía contactos en cada hotel y que escapar era imposible.

“Ellas incluso sospechaban de nosotros, quienes las estábamos ayudando”. A eso se le sumaba que en ese país, paradójicamente, la prostitución y la estancia ilegal son delitos de extrema gravedad.

Mientras eso pasaba, los investigadores movían todos los contactos nacionales e internacionales para rescatarlas, con el inconveniente de la diferencia horaria que les restaba velocidad y una pandemia que afecta al mundo entero. Coordinaron el rescate con las autoridades, con los representantes diplomáticos, incluso con la aerolínea. La ruta de rescate se había activado ante el Comité Operativo Antitrata. Era una lucha contra el tiempo para que los captores no las volvieran a ubicar.

Enteradas todas las partes, la misión era sacarlas sanas y salvas de ese país. Ya se habían declarado víctimas de trata de personas, no importa que hubieran accedido a ciertas cosas, no importa su pasado, son víctimas por muchas circunstancias.

Después de una logística sin precedentes, los investigadores lograron que las mujeres llegaran al aeropuerto y se embarcaran en el avión rumbo a Colombia y en una fecha diferente a la inicial. “Ellas también se habían dado cuenta de que el pasaje especificaba que el retorno era sin maletas, una prueba más de lo que les pudo haber pasado”.

Cuando pisaron tierra colombiana, y vieron a los investigadores que tanto les habían hablado, en las puertas del avión respiraron profundo, los abrazaron, lloraron, habían sido salvadas. “La trata de personas es la cosificación del ser humano, una cosa es contar estas historias y otra muy diferente ver cuando una de estas víctimas se descompone al ver a su captor, cuando este logra ser apresado”.

Este delito, paradójicamente, es distinto en cada país. Aunque siempre se trata de explotar al ser humano y denigrarlo hasta el final, hay lugares en donde la violencia y el grado de aberración son mayores. Alcanza unos límites inimaginables. “A las mujeres les ponen multas por todo, si tienen las menstruación, si un cliente dice que lo trataron mal, si llega tarde a la cita. Siempre va a ver alguna forma de que estas redes, argumentando una supuesta deuda, secuestren y ultrajen a estas mujeres”.

Por eso es que muchas terminan sus vidas refugiadas en el alcohol o las drogas, porque los deseos de vivir se les acaban. Hoy solo se sabe que estas mujeres volvieron a su país, el resto es reserva sumarial. Hay que protegerlas. Ni sus familias saben a qué estuvieron expuestas.

Por lo general, son jóvenes de Medellín, Manizales, Armenia, Cali, sumidas en una pobreza inimaginable, las que llegan a Bogotá para ir a sitios desconocidos. A veces les venden la idea de que van a ganar muy bien como meseras en un restaurante, una cafetería o un bar, o incluso les prometen buena remuneración por sus servicios sexuales, les regalan ropa, les dan dinero, pero cuando llegan a su destino todo cambia. Una foto de su familia y una amenaza descarnada es suficiente para volverlas esclavas al servicio de redes de trata de personas en el mundo.

Les lavan tanto el cerebro que algunas incluso creen que deben un favor. “Una vez, una de ellas me contaba que antes de ir a trabajar se llevaban su pasaporte y de regreso dejaban ese mismo documento encima de una mesa con todo el producido para sus captores. Yo le decía y por qué no te escapabas y te devolvías para tu país. Solo me dijo: ‘por miedo’. No piensen nunca que esta es plata fácil, esta es plata rápida, que es diferente”.

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