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Ante mano dura, el tráfico de migrantes se adapta y sigue

"La frontera es un negocio para todos", y lo sigue siendo a pesar de los esfuerzos de varios países para frenar el tráfico de personas. Los "coyotes" se han adaptado a los cambios en el panorama y el cruce de indocumentados sigue.

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Camino.  Durante el trayecto, que suele durar unos cuantos días, los migrantes pasan la noche en bodegas.

Camino. Durante el trayecto, que suele durar unos cuantos días, los migrantes pasan la noche en bodegas.

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El hombre grueso de mediana edad recorre la pesada cortina y entra en el reservado del club nocturno que regenta dejando fuera a un hombre de seguridad. En la penumbra del interior, apenas rota por una leve luz rojiza que entra por debajo de la tela, accede a hablar de su trabajo: administrar el dinero generado por el tráfico de migrantes a lo largo de 600 kilómetros de frontera entre México y Estados Unidos.

"Controlamos toda la frontera" de Sonora con Arizona, dice este gestor financiero que pide ser identificado sólo como Manuel. Habla desde la ciudad de Hermosillo, su base de operaciones a 300 kilómetros de la frontera, con la tranquilidad de un empresario, no como alguien al margen de la ley. Su organización, aunque no la menciona explícitamente, es el Cártel de Sinaloa. Todos lo saben.

El endurecimiento de la política migratoria de Estados Unidos y México se ha traducido en más fuerzas de seguridad en la frontera y ha "dificultado" el negocio, pero Manuel no está preocupado: puede haber menos cruces y se gasta más, pero también se cobra más. Conclusión, el dinero sigue fluyendo. En un año de grandes cambios en ambos lados de la frontera, ha habido una combinación de nuevas maneras con viejas técnicas: precios más altos para los viajes, pagos por entregarse a las autoridades, nuevas "ofertas", pero también el uso de rutas tradicionales y los sobornos generosos a funcionarios.

The Associated Press recogió en los últimos meses decenas de testimonios de migrantes y de algunos "coyotes" o "polleros" en varios puntos de las rutas en Centroamérica y México que muestran que el tráfico es un negocio próspero que ha sabido adaptarse a las nuevas necesidades.

En la mayoría de los casos, los entrevistados pidieron no ser identificados: los migrantes para no cerrarse puertas de nuevos cruces, los "coyotes" por ser parte de un negocio ilegal.

En el territorio que Manuel administra, dice, ganan en torno al millón de dólares al mes. La cifra es una mínima parte de un negocio multimillonario que la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito estima en $4,000 millones de al año. El gobierno mexicano lo eleva a $6,000 millones.

"No íbamos a sufrir"

Cuando las puertas traseras del tráiler se abrieron de par en par para que los migrantes empezaran a subir, un maestro hondureño de 26 años que viajaba con su esposa y su hija de 4 años, quiso echar a correr en dirección contraria.

Estaban en algún punto del sur de México y 500 kilómetros más al sur, en Los Amates, en la frontera entre Guatemala y Honduras, su "coyote" le había garantizado que por $7,000 lo llevaría junto con su familia a Estados Unidos en autobuses de lujo y con comida.

La caja metálica que tenía enfrente era en lo que se había convertido esa promesa. El hondureño no podía dejar de pensar en su niña y en los $4,000 s que ya había pagado y que no podía perder.

"Arriesgué a mi hija porque me dijeron que no íbamos a sufrir, que íbamos a venir bien, comiendo bien, pero todo fue una mentira", dice el maestro, que pide ser identificado sólo como Jesús. "Ya en el camino la realidad es otra".

Desde el inicio de su administración, Donald Trump ha combatido la inmigración, un fenómeno que llegó a tachar de "crisis" o de "invasión". La llegada de miles de migrantes en caravanas a finales de 2018 avivó su furia y en la primavera de este año amenazó a México con imponer aranceles a todas sus exportaciones si no frenaba su paso.

La respuesta mexicana fue el despliegue de miles de fuerzas federales a lo largo de las principales rutas de tránsito.

Después, Washington firmó una serie de acuerdos con los países del Triángulo Norte centroamericano -Guatemala, El Salvador y Honduras- para que los migrantes que cruzaran por sus respectivos territorios enfrentaran más complicaciones para solicitar asilo.

Hubo otro efecto: los migrantes volvieron a quedar "en manos de la mafia", conscientes de que sólo con ayuda llegarían "al otro lado", dice Guillermo Valdés, exdirector de inteligencia de México.

El Instituto Nacional de Migración dice tener identificadas a 18 redes de esas mafias que operan en nueve ciudades del país.

El precio del cruce para internarse en Estados Unidos comenzó a incrementarse, superando a veces los $10,000 desde Centroamérica, un monto normalmente pagado por los migrantes mediante pequeños depósitos en cuentas distintas.

Un paquete a EUA

Pero la oferta estrella del año en esa región fue la que se conoció como "el paquete": llevar a un adulto y a un menor hasta las manos de la Patrulla Fronteriza por un costo de entre $3,000 y $6,000. La esperanza de las familias era que poco después de entregarse pudieran seguir su proceso de asilo en territorio estadounidense.

Ese era el plan de Jesús.

Pagó la primera parte de su viaje al salir de Honduras el 15 de agosto y recibió una serie de indicaciones para tomar varios autobuses. Al llegar a La Mesilla, en la frontera de Guatemala con México, cruzó por la garita, donde un soldado mexicano saludaba a su grupo con la mano en lugar de pedirles algún documento. Otros migrantes se internan por los más de 300 puntos ciegos que tiene esa porosa frontera.

Nada más adentrarse en territorio mexicano, el cómodo viaje que Jesús había imaginado se esfumó: junto con otros 150 migrantes, él y su familia no tuvieron opción más que subirse a la caja del tráiler. Segundos después, las puertas se cerraron y el camión arrancó.

La clave de un viaje exitoso es sólo una: la corrupción.

Un "coyote" salvadoreño que lleva décadas en el negocio lo resume de forma sencilla: para un viaje seguro y eficiente "tienes que pagar". Y con más policías guatemaltecos pidiendo la documentación en los autobuses y miles de elementos de las fuerzas de seguridad mexicanas desplegadas en las principales rutas, también son más a las personas a sobornar.

La recientemente creada Guardia Nacional "incrementa el precio" en México, dice el traficante, un exsoldado. Y el hecho de que en los controles haya efectivos de distintas corporaciones (agentes migratorios, policías estatales y federales, y la misma Guardia) complica las cosas porque ninguno quiere aceptar sobornos delante de los otros.

Algunos "coyotes" llevan un vehículo de avanzada en el camino que les alerta de los controles con tiempo suficiente para que repartan dinero a los migrantes y que sean ellos los que se lo den a los agentes, como si viajaran sin guía.

Otros, como el salvadoreño, hacen los pagos antes de que sus clientes vean el control y a una sola persona que se encarga de pagar a los demás. "Y cuando uno pasa por los retenes de migración, está en verde la luz", agrega chasqueando los dedos.

Cuando Jesús llegó a la altura de Coatzacoalcos, en uno de los extremos del istmo donde México concentró su política de contención, cinco agentes de la Fiscalía federal detuvieron el camión, descubrieron a los migrantes y les exigieron $35 por cabeza para dejarles continuar. En cuestión de minutos, sólo con ese tráiler, los agentes se embolsaron más de $5,000.

El gobierno mexicano ha denunciado la existencia de una red muy estructurada de tráfico que utiliza este tipo de camiones de carga, muchas veces con logos de empresas conocidas, donde familias completas son hacinadas con riesgo de morir asfixiadas.

Los migrantes suben en lugares conocidos como "lanzaderos" y toman carretera rumbo al norte, a Tamaulipas, fronterizo con Texas, la ruta más rápida y más barata por donde pasa más del 50 % de este tráfico clandestino.

Otros cruzan el país en camionetas, ocultos por una lona; en autobuses de pasajeros, o incluso en avión con credenciales falsas proporcionadas por los propios "coyotes", una modalidad de la que alertó la ONU en mayo.

No faltan los tramos donde los guías obligan a sus clientes a bajarse y rodear un control caminando por la montaña, o donde los migrantes son interceptados por gente uniformada y armada que nunca saben si son criminales o policías. Tampoco las rutas marítimas, bien por las costas del Pacífico o del Golfo de México.

Dos días después de salir de Coatzacoalcos, en el estado mexicano de Veracruz, Jesús y su familia dormían en el suelo de una bodega del centro del país, apiñados con otras 500 personas de distintos países del mundo y sólo un paquete de galletas con el que dar de comer a su hija.

La frontera tiene dueño

Con la excepción de contados lugares, como las garitas oficiales, el crimen organizado controla cada kilómetro que separa ambos países y decide qué, quién, cuándo y cómo cruza y por cuánto dinero por cada lugar.

La gestión y las reglas varían según el cártel dominante -grandes organizaciones en unos puntos, en otros células que operan como franquicias dando determinados servicios-, pero hay un denominador común: un migrante tal vez pueda eludir la sofisticada red de tráfico para entrar o atravesar México, aunque casi nunca al cruzar a Estados Unidos.

En la franja norte se activan los últimos eslabones de una cadena que empieza en Centroamérica, América del Sur o incluso en África o Asia, y que está formada por "enganchadores" (muy activos en estaciones de autobuses o albergues de las ciudades de paso), transportistas, vigilantes, lancheros… y por supuesto los "coyotes" o "polleros" que pueden ser una docena en todo el trayecto, que guían a cada migrante por un tramo específico y van reconociendo a sus "pollos" con contraseñas pactadas.

Los "coyotes", que antes eran vistos como gente de confianza de los migrantes, desde hace más de una década tienen que pagar a las mafias por permisos que les autorizan, por ejemplo, a cruzar a migrantes de una determinada nacionalidad o a usar cierto paso o cambiar a otro si por el primero está cruzando otra "mercancía", como la droga.

"Es como las manecillas del reloj", afirma Manuel, el operador financiero. "Tienen que funcionar todas las piezas para que esto funcione y ahorita con todos tienes que arreglar".

Dice que la "empresa" (el cartel) renta la "plaza" o territorio a las bandas locales para poder utilizarla y administrar lo que trafique, y paga a los cuerpos de seguridad para que les dejen operar. Manuel pone el ejemplo de Nogales, donde la "cuota" a cada corporación "para que no moleste" es de $25,000 mensuales. Según dice, se paga a todos: policía local, estatal, federal, incluida la Guardia Nacional. La excepción es el ejército que, asegura, opta por mirar para otro lado aunque "de una u otra forma se benefician, con un favor o algo".

Los problemas surgen cuando "los acuerdos se distorsionan". En esos casos, hay violencia.

Las ofertas para el cruce varían. En la frontera donde opera Manuel, la flexibilidad es máxima. El coste tiene que ver con la nacionalidad y con la modalidad elegida. "Hay manejo de visas rentadas", explica Manuel sobre una modalidad.

"Buscas un parecido" del migrante con el que renta el documento, pagas al que lo presta y esperas a que el truco funcione o a que esté trabajando un agente estadounidense dispuesto a recibir un soborno. "Hay gente que jala (coopera) y gente que no". Caminar a través de la garita es la opción más cara.

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