Diez años después de bombardear Bagdad, EUA no controla el crudo iraquí

La mayor parte del pastel de hidrocarburos se lo reparten la holandesa Shell o la británica BP, mientras que petroleras de países opositores a la intervención militar en 2003 curiosamente cuentan con una presencia importante, como la francesa Total, la rusa Lukoil o la china Petrochina.
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Pese a que se presentó como la razón oculta de la invasión de Irak hace 10 años, la explotación petrolífera en el país no la encabezan los estadounidenses, aunque Washington y los empresarios estadounidenses han encontrado otras áreas muy rentables.

Cuando el 20 de marzo de 2003 comenzaron los bombardeos sobre Bagdad, las pretendidas armas de destrucción masiva que ocultaba Sadam Huseim y sus supuestos lazos con Al Qaeda, fueron considerados como una excusa para enmascarar el asalto a las terceras reservas de petróleo convencional del mundo.

"Los estrategas de Washington (en aquella época) tenían esperanza de que fuera fácil y estaban demasiados seguros de que conseguirían acceso rápido a los pozos de petróleo", indicó a Efe, Catherine Lutz, codirectora del proyecto "Cost of War", del Instituto Watson, que ha cifrado el coste de la guerra, a la que puso fin en diciembre de 2011 el presidente Barack Obama, en 2,2 billones de dólares.

La petrolera estadounidense ExxonMobil es la única que ha conseguido una concesión importante en una zona de yacimientos del sur de Irak y el Gobierno del presidente Nuri al Maliki ha bloqueado por el momento su acceso a los pozos más rentables de la zona autónoma del Kurdistán.

Lutz recuerda que el Gobierno iraquí no ha sido tan favorable a los intereses de EUA como lo fue en su momento Corea del Sur y "no ha permitido una presencia militar permanente o trato preferencial a empresas estadounidenses".

La mayor parte del pastel de hidrocarburos se lo reparten la holandesa Shell o la británica BP, mientras que petroleras de países opositores a la intervención militar en 2003 curiosamente cuentan con una presencia importante, como la francesa Total, la rusa Lukoil o la china Petrochina.

Precisamente los chinos, que operan ya tres yacimientos que les procuran 1,4 millones de barriles al día, quieren comprar la explotación de la estadounidense Exxon.

Por si fuera poco, el volumen de importación de barriles de petróleo iraquí en Estados Unidos se situó a finales de 2012 en los 14,3 millones, por debajo incluso los 22 millones de abril de 2003, justo antes de que comenzara la guerra, y muy por debajo de los alrededor 30 millones de barriles mensuales de 2001, según datos de la Agencia de Energía estadounidense (EIA).

Según el informe Iraq Energy Outlook, publicado el pasado octubre, alrededor de la mitad de las exportaciones iraquíes de crudo van dirigidas a Asia y el restante 50% se envía a Norteamérica y Europa.

Para Estados Unidos, esto tiene un lado positivo, ya que los efectos de la entrada de Irak en el mercado de petróleo y el aumento de su productividad han contribuido a alimentar la insaciable demanda de potencias emergentes como China e India, sin que se disparen los precios del petróleo a nivel mundial.

Por otro lado, las empresas estadounidenses han encontrado otros negocios incluso más rentables, al prestar soporte logístico a las petroleras, a las que el Gobierno iraquí cede porcentajes relativamente bajos por barril debido a que los yacimientos del país, especialmente en el sur, son más fáciles de explotar que la norma.

Halliburton, vinculada al exvicepresidente Dick Cheney, uno de los cerebros de la invasión y mano derecha de George W. Bush, está más que asentada como empresa de ingeniería en Irak, mientras que otra compañía con sede en Texas, Schlumberger, ha visto sus beneficios florecer al tiempo que se iban retirando las tropas estadounidenses.

Empresas estadounidenses también están consiguiendo jugosos contratos en seguridad, refino, infraestructuras, electricidad y todo tipo de proyectos para la lenta reconstrucción de un país azotado durante años por la guerra y que ahora sufre la lacra de la violencia sectaria entre chiíes y suníes.

Pese a los negocios de estos diez años, para Lutz y muchos otros "la historia recordará esta guerra como un gigantesco error, un derroche de muertos y dinero público", con más de 189.000 muertes -cifra que elevan algunas fuentes y estudios- violentas de por medio, entre civiles, insurgentes y fuerzas de seguridad o periodistas.

Para la próxima década, Lutz señala la débil estabilidad del Gobierno en Bagdad y la rampante corrupción en la Administración como las mayores amenazas para "la larga lucha que los iraquíes aún tienen por delante".

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