El Washington cauto de Obama 2

El Washington que caminó ayer por las calles aledañas al Capitolio y al National Mall, esa larga franja de casi tres kilómetros que arranca al norte en el imponente edificio del Congreso y termina al sur en el monumento a Abraham Lincoln, para ver tan cerca como fuese posible la segunda toma de posesión de Barack Obama, es muy diferente al que vino hasta aquí en 2009, en número, en estado de ánimo y en lo que toca a su expectativa sobre el rol histórico del primer presidente afroamericano de Estados Unidos.
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*El autor es investigador asociado del Centro de Estudios Latinoamericanos de la American University en Washington, D. C. y miembro de la junta de asesores del Center for Democracy in the Americas.

A estas alturas, y tras los primeros cuatro años de batalla abierta con los republicanos en el Congreso que apenas le dejaron pasar, tras muchos aruñones, la reforma sanitaria y a la seguridad social (su política pública emblema hasta ahora), el Obama que llegó ayer al Mall a prestar juramento y a escuchar, de la voz de Beyoncé, las notas del himno nacional, es uno mucho más fogueado, cauto, pragmático, y, por todo eso, menos rimbombante que el que tomó posesión hace cuatro años al tono del “Yes, we can”.

No se trata ya de cambiar Washington, tan solo de administrarlo en momentos en que la pregunta por el financiamiento del estado de bienestar contra el descomunal déficit de las finanzas públicas perfila toda la discusión política en esta ciudad.

La calma que se percibía ayer en la ribera oriental del Potomac era evidente en comparación al entusiasmo que el mundo atestiguó en 2009: a excepción de las filas de personas que iban y venían del Mall para, tras la juramentación, buscar espacio en la avenida Pennsylvania para ver la caravana presidencial y de la masiva presencia de seguridad militar, en los linderos del centro de Washington, el día bien podía pasar como otro cualquiera en hora pico.

Pero la calma también puede ser una ilusión en este caso: ya Obama, como han repetido los analistas hasta la saciedad, no tiene que presentarse a elección alguna, y la holgura de su victoria ante los republicanos en noviembre pasado es suficiente como para dar grandes batallas en el Congreso para, al menos, dejar para la historia dos políticas públicas que hasta hace unos meses parecían imposibles en este país: la regularización migratoria de millones de indocumentados y medidas más severas para la portación y uso de armas de fuego.

Puede ser que este Obama luzca más cansado y circunspecto, pero muchos aquí esperan que sea, después de hoy, más agresivo en estos temas.

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