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La desgarradora historia de abuso de una madre y su hija de cuatro años

Una mujer cuenta cómo sufrió agresiones por años y la manera en la que su pequeña fue abusada. 

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Foto: archivo El Tiempo

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Nancy Valencia Cardona nació hace 34 años en Itaguí, Antioquia, en un hogar sereno, católico: un padre, una madre, un niño y una niña de ojos verdes y piel blanca como el algodón. Suelta Nancy, revolviendo recuerdos en su mente y secando las lágrimas que llueven por su rostro, que era feliz.

Pero la tranquilidad adolescente se truncó intempestivamente a los 16 años, con la muerte de su madre. Las cosas empeoraron cuando el padre, viudo, decidió iniciar una relación sentimental con su mejor amiga del colegio: “Se me vino el mundo al piso”, recuerda y lamenta. La familia se acabó. El niño, ya joven, emprendió una nueva vida; el papá se entregó a su nueva pareja y la pequeña de algodón quedó a la deriva. 

Una amiga de su mamá la invitó a vivir con ella, allí estuvo unos meses pero tiempo después su familia adoptiva se fue de Antioquia, por lo que de nuevo, Nancy –de cabello como el oro–, perdió el rumbo. No había tenido novio, no iba a rumbas, siempre pasaba del colegio a la casa, pero se hallaba sola, y las tragedias suelen arrojar sus redes a los desamparados. 

“Una compañera del colegio me dijo que tenía una tía en Bogotá que trabajaba en un almacén y que allá tendríamos dónde vivir y ahorrar plata”, habla Nancy, justo antes de declarar: “Era mentira”.

En la terminal de transporte del Salitre, en la capital del país, una camioneta la esperaba a ella y a otra joven que también venía a trabajar en el supuesto almacén. El paisaje que le pintaron se oscureció y ya dentro del carro, desconcertada, lloró. –A dónde nos llevan–, le preguntó Nancy a dos desconocidos que dictaron sentencia: –No se hagan las inocentes–.

“Yo de verdad era muy inocente, vengo de una familia muy católica, mi mamá siempre nos cuidó demasiado a mi hermano y a mí”, dice con voz temblorosa. La embutieron en un prostíbulo del sector de Santa Fe, en el centro de la ciudad, y no pudo salir más.

Ella era virgen. Pero como en cada historia trágica, una diminuta luz de esperanza le alumbró el rostro. Juan Pablo, el celador de este sitio, notó de inmediato que la niña de rizos de oro que acababa de llegar estaba en un cuento equivocado. Él la ocultaba como podía para que no fuera a ‘trabajar’. 

Mientras tanto, su padre, al no darse por enterado del paradero de su hija, salió despavorido en su búsqueda. Lo hizo en Itagüí, en Medellín, recorrió varios pueblos antioqueños, pero su hija estaba encerrada en un castillo de terror, muy lejos. 

Un día, Juan Pablo vio la oportunidad para que su protegida huyera. Un hombre joven, bien vestido y de perfume penetrante, llegó al lugar y se dispuso a ayudarla. Un descuido y ella escapó con él, parecía el fin de una pesadilla, pero no.

Nadie sabe lo que sufrí. Toda la violencia que tuve que aguantar y ¿por qué soportarlo?, nadie entiende el temor que tenía de todo lo que él hacía

“Me cogió y me volvió a encerrar, pero esta vez en la avenida Boyacá entre la calle 53 y la 63, era en una zona residencial, el sitio se llamaba Nigth Club, ahí había menores de edad y los vecinos protestaban por el ruido y las peleas, tanto que el local tuvo varios sellamientos”, recorre en su mente aquellos días Nancy. 

Ese sujeto la prostituyó, la intimidó, se apoderó de ella como si se tratara de un objeto y la hizo su pareja. La niña se hizo mujer a las patadas, literalmente, y, por 14 años, soportó el maltrato psicológico, físico, económico y sexual de este hombre. Tuvo dos hijas con él, y muchos abortos. Su único refugió fueron sus pequeñas, pero le heredó (por su puesto sin quererlo), la tragedia a una de ellas. Quería escapar de ese infierno pero era presa del miedo. 

“Nadie sabe lo que sufrí. Toda la violencia que tuve que aguantar y ¿por qué soportarlo?, nadie entiende el temor que tenía de todo lo que él hacía, mi familia no sabe nada de esto. A mí me pisotearon, me tocó quedarme callada porque no tuve a nadie que me defendiera”, suelta con el rostro desencajado antes de darle fuerza al tono de su voz: “Pero hubo algo que me quitó todo el miedo”, se envalentona mientras, de nuevo, seca las lágrimas de su rostro de lana. 

Nancy descubrió que en la familia de su pareja obligada, aquel hombre que siendo joven la llevó de un prostíbulo a otro, ocultaba una repulsiva práctica.

Punto de quiebre

El 2 de marzo del 2016, los medios de comunicación, incluido este diario, registraron una noticia lamentable: las autoridades confirmaban la captura de cuatro miembros de una misma familia responsables de abusar desde los cuatro años de edad, de una niña que en ese momento tenía 10. 

“Durante todo ese tiempo, nadie sospechó y mucho menos se llegó a imaginar el infierno por el que pasaba la niña. Su comportamiento agresivo, violento y la actitud de infelicidad, llamaron la atención de su tía Mariela*, quien comenzó a hablar con la niña. Poco a poco, ese acercamiento le permitió establecer un relato que le rompió el corazón”, se escribió en el informe periodístico de entonces.

Mariela* fue el nombre que las autoridades usaron para proteger la identidad de Nancy. Ella se despidió del temor cuando se enteró que una pequeña de la familia de su pareja era abusada presuntamente por la novia de su mamá, su padrastro y el abuelastro, estas personas fueron capturadas. Por toda esta situación la relación de Nancy con el padre de sus dos hijas se tornó más tensa de lo que ya era. 

El 27 de mayo del 2017, a las 9:35 de la mañana, tal y como se lee en un escrito de acusación de la Fiscalía, este hombre agredió a Nancy, como era habitual, frente a sus dos pequeñas. Sin embargo, ese sábado, la niña mayor, de 14 años, tomó el teléfono y llamó a la Policía.

‘Mami, mi papá es malo, él me toca, cuando va y me recoge donde me cuidan me trae a la casa, me baja los calzones'

Nancy empezó a temer lo peor. El 15 de junio del 2017, armada de valor, confrontó a Eric: “Le digo que si él me estaba tocando a la niña, que si estaba enfermo igual que la mamá, que si no se daba cuenta que la familia estaba en la cárcel por conductas similares. Ahí cogió y me pegó otra vez, me dejó horrible de pata y puño y se fue”.

Al día siguiente, cuando Nancy regresó del trabajo, su expareja se había ido. Recogió la ropa, un televisor y desapareció. “Cuando yo llego al apartamento hablo con Adriana. Apenas me ve, lo primero que me dice es: ‘mami, mi papá es malo, él me toca, cuando va y me recoge donde me cuidan me trae a la casa, me baja los calzonesy me dice que va a echarme cremita y pone el dedo en mi cola’. De inmediato le creo por la conducta que había tenido en días anteriores”, sostiene Nancy.

En efecto, el comportamiento de la pequeña por esos días era inusual. Había rayado las paredes de la casa, estaba agresiva –pese a que es muy tierna– y permanecía encerrada en su habitación. Nancy inició un proceso penal en contra de su expareja en la Fiscalía en junio del 2017, pero debido a que la pequeña en declaración ante cámaras de los investigadores solo comentó que su padre le aplicaba crema en sus partes íntimas, el proceso se detuvo.

Nancy se dejó someter por la resignación y el miedo y abandonó el proceso penal en contra de Eric David Hueso, el padre y presunto abusador de su hija. Sin embargo, meses después, Adriana, su pequeña de cinco años, volvió a tener los mismos comportamientos que cuando Eric la recogía del colegio. La tragedia se repite.

El fantasma del abuso regresa

Los meses pasaron, esta mujer y sus dos hijas continuaron con su vida. Pero en marzo del 2018 el fantasma del abuso sexual contra su niña reapareció. Adriana, de cuatro años en ese entonces, estudiaba en un colegio cerca de su vivienda, y según lo denunciado por Nancy, el conductor de la ruta escolar se ganó la confianza de la niña y empezó a preguntarle sobre su vida. Adriana, de cuatro años, le contó a este hombre lo que le había hecho su papá.

“Ella le dice que su padre la tocaba y le metía el dedo en sus partes íntimas, y el conductor empieza a hacer lo mismo con mi hija”, narró en declaración juramentada Nancy ante el centro Zonal de Kennedy del ICBF, a donde acudió para buscar el restablecimiento de los derechos de su niña.

De acuerdo a lo informado en el Instituto, al día se abren 34 procesos como el de Adriana. En el 2017 hubo 11.380 procesos por abusos sexuales contra menores de edad y en los primeros cuatro meses de este año se habían reportado 4.127.

Nancy se enteró de la nueva agresión contra Adriana porque empezó a tener conductas similares a las presentadas en el evento con su expareja. “Me doy cuenta porque empecé a notar comportamientos agresivos y dolor en sus partes íntimas y la niña me confiesa que el señor de la ruta la tocaba. Luego voy a Sanitas y la hospitalizan y gracias a Dios la niña no presenta desgarros en la vagina y la cola, voy, el 27 de marzo, a La Fiscalía”, relata Nancy.

En esta oportunidad, ante las cámaras de los investigadores, la pequeña denunció lo sucedido en el bus escolar y, finalmente, confesó todo lo que le había hecho su padre. Con esta evidencia, el caso contra él, que se había detenido, revivió. El 25 de julio pasado, a Eric David Hueso le fueron imputados cargos por actos sexuales con menor de 14 años agravado (por ser contra su hija) en concurso sucesivo y heterogéneo.

La fiscalía 17 de la unidad de delitos sexuales tiene en este momento el caso y está preparando el escrito de acusación en contra de este hombre. Nancy, con sus hijas entre los brazos, sola, busca que se haga justicia, no solo en el abuso que habría cometido Eric, sino también el conductor de la ruta escolar de su hija, cuyo expediente reposa en la Seccional 166 de la Fiscalía de la Unidad de Delitos Sexuales, y que se encuentra en etapa de indagación.

*Nombre cambiado por protección a la menor.

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