Las calles de La Habana esperaban con emoción a Obama

En las calles de La Habana hoy es fácil encontrar alegría por la visita de Obama, pero también el reclamo por el fin del embargo, o el bloqueo, como lo llaman los cubanos.
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LA HABANA.– Miriam Paredes, una habanera de 55 años, reparte panes en un punto de venta del Estado en una calle de La Habana Vieja. Ante cada persona que llega a su mostrador, repite la misma rutina: le da sus panes envueltos en papel, toma su “libreta de racionamiento”, y deja la marca del día en un casillero con su lapicera.

“Hay mucha alegría, estamos muy contentos, esperando algo que tendría que haber pasado hace mucho tiempo”, dice Miriam, sobre la llegada del presidente de Estados Unidos, Barack Obama. “Lo más correcto es que tengamos una amistad, con mutuo respeto, sin injerencia en los asuntos de cada país. Ojalá...”, se esperanza.

Luego, cuando se le pregunta qué le pediría a Obama, no lo duda: “Que quiten el bloqueo”, responde. Miriam se niega a una foto. “¿Y la censura?”, pregunta.

En las calles de La Habana es fácil encontrar el reclamo por el fin del embargo, o el bloqueo, como lo llaman los cubanos. Ha sido una tenaza sobre la isla durante más de medio siglo. Es más difícil encontrar una crítica abierta al régimen de los Castro. “La autocensura es un cáncer en Cuba”, describe a la nacion William Baró, 33 años, periodista del sitio Cuba 24h.

La Habana se mostraba, ayer, expectante, esperanzada y sobria ante el arribo de Obama.

En el centro histórico, sólo se veían una bandera norteamericana, y una foto de Obama y Raúl Castro. No eran oficiales: las había instalado el “paladar” La Moneda Cubana, a pasos de la catedral. Salvo eso, nada hacía pensar que horas más tarde Obama recorrería esas calles.

No había vallas, calles cortadas o más policías de lo habitual. Lejos de allí, los mástiles donde flameaba el “muro de las banderas” en la famosa tribuna antiimperialista estaban pelados.

Algunos cubanos recordaban la visita de otros líderes, entre ellos, el papa Francisco, y afirmaban que esta vez el pueblo no había sido convocado a participar, merced los persistentes desacuerdos entre Washington y La Habana. El régimen, se comentaba, está atento para evitar cualquier sorpresa desagradable.

Frente a la catedral, Mirta Catalina Tito Sirvén, una revolucionaria confesa de 79 años, se mostró feliz por la llegada del mandatario norteamericano. “Yo digo que es mi novio, y mis amistades se ríen. Estoy enamorada de él, desde antes que fuera presidente, yo lo quiero y les echo mi bendición a él, su señora y sus hijas”, dijo, sin dejar de sonreír. También quiere a la revolución, pero no habla de política. “No, no puedo hablar de política”, cierra.

A unos pasos de allí, Georgelina, que vive en una casa donde además vende souvenirs cubanos, confiesa: “Ya tú sabes... aquí no hay libertad de expresión, no se puede hablar así”. Javier, un joven que conduce un cocotaxi, habla sin timidez sobre su trabajo o la ciudad. Pero a la hora de hablar de los Castro, responde, escueto: “Todo bien, todo bien”.

El bloqueo es un tema casi ineludible. Antes de su viaje a La Habana, Obama volvió a flexibilizar el embargo, al ampliar las oportunidades para el turismo, las transacciones financieras y comerciales con la isla. Pero el embargo sólo puede ser eliminado de cuajo por el Congreso de Estados Unidos, bajo el control de los republicanos, entre quienes existe una línea dura que rechaza la apertura con Cuba.

Para los partidarios de la apertura, el bloqueo nunca funcionó para impulsar un cambio en Cuba, y el enfoque de “involucramiento” de Obama ofrece mejores perspectivas. Para sus críticos, la flexibilización del bloqueo es una concesión a un régimen que aún reprime libertades y viola derechos humanos.

El embargo también funciona como una cortina para el régimen de los Castro, que puede achacar cualquier atraso, restricción o deterioro en la isla a la política de Estados Unidos.
“El bloqueo es la principal traba para hacer negocios en Cuba”, dijo, ayer, el ministro de Comercio de Cuba, Rodrigo Malmierca Díaz, en una conferencia de prensa con periodistas extranjeros.

Los cubanos dan cuenta de algunas de las mejoras que han provocado los “agujeros” en el bloqueo. En las calles de La Habana son palpables los signos de la normalización: un taxi amarillo Hyundai, impecable, convive con los automóviles del siglo pasado, íconos del país.
A la salida un mercado de la ciudad vieja, Juan Pablo Laguna Espinoza, 60 años, le dio la bienvenida al deshielo porque “es buena para sacar la base naval de Guantánamo y quitar el bloqueo”.

Dentro del mercado, Francisco Abraham Ortega, un cuentapropista de 62 años, dice que es muy reciente para que se sientan los cambios de la apertura. Tranquilo, dice que son cosas que “tienen que verse a largo plazo”.

“Estuvimos bloqueados mucho rato”, se lamenta.

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