Los Chester aún confían en recuperar algo

Una de las miles de familias estadounidenses que espera resarcimiento económico cuenta su historia.
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Un aroma a café viene de la cocina mientras Carolyn Chester revisa fotos viejas que saca de cuatro cajas en la mesa del comedor. Amigos tomados de los brazos en una playa cubana.

Hombres con trajes y mujeres con vestidos de fiesta en un nightclub de La Habana.

En casi todas las fotos aparecen un hombre elegante con un bigote con algunas canas y una mujer de cabello negro con las cejas arqueadas como las de una estrella de cine de los años cincuenta –el padre y la madre de Chester– que sonríen ante su buena fortuna, sin saber que pronto los abandonaría.

“Esa vida ya no existe”, comenta Chester. “Siempre oí hablar de Cuba... de todo el dinero que perdimos y de que ‘tal vez algún día...’, pero no entendía de qué hablaban”, agrega.

Ahora, casi 60 años después y a 2,300 kilómetros de distancia, ese día podría estar cerca para Chester y muchas otras personas como ella. Para que se haga realidad, no obstante, una nueva diplomacia, que todavía no ha sido ensayada, tendrá que ajustar viejas cuentas.

Poco después de que Fidel Castro tomó el control de Cuba en 1959, Edmund y Enna Chester perdieron una hacienda de 32 hectáreas con animales y un Buick nuevo que, quien sabe, todavía podría estar circulando por las calles de La Habana.

Inicio del viaje

La historia de Edmund Chester comenzó poco después de que fue dado de baja por el ejército y regresó a su casa en Louisville, Kentucky, donde consiguió un trabajo como periodista de un diario.

En sus horas libres aprendió por su cuenta a hablar español y en 1929 fue contratado por la Associated Press, que lo envió a La Habana.

Chester pasó la década siguiente informando desde todo el Caribe y América Latina. Su trabajo denotaba su amor por Cuba, cuya música y arte llenaron su casa hasta su muerte, y dio lugar a dos relaciones clave.

La primera nació cuando cubrió en 1933 una revuelta que puso a un antiguo sargento, Fulgencio Batista, a cargo de las fuerzas armadas cubanas. Dos décadas después, cuando Batista era el dictador de Cuba, le encomendó a Chester –quien por entonces era un amigo cercano y compañero de pesca, y no ejercía el periodismo– que escribiese una biografía autorizada, con una foto de los dos sonriendo en la tapa.

La segunda relación surgió en 1939, cuando Chester fue a Chile para cubrir un terremoto y vio a Enna, 20 años más joven que él, en la piscina de un hotel. Años después, recuerda su hija, la pareja bailaba en su casa de Mount Dora, en la Florida, al compás de “Bésame”.

El asesor de Batista, a quien también le redactó discursos, empezó a inquietarse cuando los rebeldes de Castro comenzaron a ganar terreno.

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