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“Me duele mucho, me voy a morir; mamá, les encargo a mi hijo”

La víctima, una madre de 21 años, salía de una fiesta para ir a su casa, cuando un sujeto la atacó.

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María del Socorro y Carlos, padres de Berenice, esperan que los asesinos de su hija sean arrestados. Dicen que las autoridades se limitan a decir: “Estamos esperando a que cometan un error”. (FRANCISCO RODRÍGUEZ. EL UNIVERSAL)

María del Socorro y Carlos, padres de Berenice, esperan que los asesinos de su hija sean arrestados. Dicen que las autoridades se limitan a decir: “Estamos esperando a que cometan un error”. (FRANCISCO RODRÍGUEZ. EL UNIVERSAL)

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Francisco I. Madero, Dgo.— Berenice, acostada en una cama de hospital, no soltaba la mano de su mamá. La apretaba con fuerza. “Le encargo a mi hijo, se lo encargo mucho”, le decía la muchacha de 21 años a su madre María del Socorro.

La madre inclinó la cabeza y comenzó a rezar. Cerca de las 07:30 horas del 17 de septiembre de 2017, la mano de Berenice comenzó a perder fuerza. Tuvo un suspiro agitado y le soltó la mano a su madre.

María del Socorro, su esposo Carlos y Lupita, una prima de Berenice, están sentados en un cuarto lúgubre. En una mesa está una fotografía de Berenice, la hija más chica de María y Carlos: la muchacha alegre y servicial que gustaba de arreglarse; la madre soltera luchadora que soñaba con construir una casa para ella y su hijo de siete años. La vendedora de la mueblería El Gallito es una de las 3 mil 462 personas en México que, empleados en ventas o comerciantes, fueron asesinados en 2017.

Una noche antes, Berenice salió con un grupo de amigos a un baile en el fraccionamiento Pinabetes del municipio de Francisco I.

Madero, una ciudad de 25 mil habitantes que es parte de la región de la Laguna. Lupita, su prima, cuenta que después del baile, Berenice y sus amigos se fueron a una reunión en casa de uno de ellos. Ahí pasaron la noche y dos chavos llegaron a acoplarse, pero el dueño de la casa les pidió que se salieran.

Cuando la reunión se había terminado, Berenice se subió a una camioneta y esperó por el dueño de la casa, quien la llevaría de regreso a su domicilio; sin embargo, los dos hombres a los que les habían impedido el paso a la reunión entraron a la casa, golpearon al dueño, lo amagaron con un arma y le robaron pertenencias. Cuando salieron, miraron a Berenice arriba de la camioneta y también empezaron a darle de cachazos. Uno de ellos disparó una vez.

Berenice llegó al hospital General y avisaron a sus papás.

Apenas vio a la madre, le dijo: “Me voy a morir, les encargo a mi hijo”.

—¿Qué te pasó?— le preguntaba la madre.

“Me duele mucho, mucho”, respondió la muchacha. Nunca dijo qué había pasado.

Los médicos del hospital aseguraron a María y Carlos que su hija sólo tenía una herida punzocortante. Nunca pensaron que la herida era producto de una bala. La trataron como una herida superficial y mandaron a Carlos a comprar medicamento para el dolor.

Cuando el padre regresó, le inyectaron el medicamento para el dolor. “Mija, usted va a estar bien, ahorita sale”, le decía el padre cuando ella le insistía que cuidara a su hijo. Minutos después, Berenice murió. “Ya murió, ya murió”, decía María. “Mi hija está dormida, está dormida”, balbuceaba Carlos.

Hablaron a enfermeras y médicos. Nadie les creyó. “Le hizo el medicamento. Sus nervios le hacen decir cosas”, dijo la primera enfermera que la vio.

Luego llegaron los médicos. Trataron de reanimarla pero María del Socorro les dijo que no, que su hija estaba muerta.

Fue hasta la necropsia que familia y médicos se enteraron que la herida no había sido producto de un cuchillo, sino de una bala.

Se enteraron después que el proyectil había entrado en medio de dos costillas. Murió por un choque hipovolémico.

A la par del dolor por la muerte de Berenice, la familia ha recurrido a instancias judiciales en búsqueda de justicia. Actualmente hay giradas dos órdenes de aprehensión en contra de los presuntos responsables, pero los investigadores se limitan a decir: “Estamos esperando que cometan un error”.

Carlos lamenta que a casi un año del asesinato de su hija no se investigue el caso como él quisiera.

“Para la autoridad es un caso más. Una cifra. Les digo que se pongan en nuestro lugar, en nuestros zapatos”, reclama.
“Venga después” o “estamos trabajando”, son frases que le aturden de tanto escucharlas.

A María del Socorro le gustaría no despertar de los sueños de cada noche. Pero para ambos, Carlos y María, Dios les ha dado fuerza para seguir adelante.

Su nieto, que ahora es huérfano, los impulsa en la búsqueda de justicia. “Se debe pagar como es, que se haga justicia”, pide la familia.

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