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"Quisiera que el padre que me violó por lo menos dejara de dar misa"

Esta es la historia de una víctima de pederastia en la Parroquia El Niño Jesús del 20 de Julio.

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Andrés tiene 43 años y sigue esperando a que se haga justicia.  Foto: Luis Lizarazo - EL TIEMPO

Andrés tiene 43 años y sigue esperando a que se haga justicia. Foto: Luis Lizarazo - EL TIEMPO

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*Andrés fue un niño pobre. Su todo era su madre, una mujer que llegó a Bogotá desplazada por la violencia de Ataco (Tolima), el mismo lugar en donde vio morir a varios familiares, en la década de los 50.

A los 12 años le tocó luchar, primero para sobrevivir en la urbe y luego para sacar adelante a sus hijos. “Ella y sus hermanos, mis tíos, tenían cero nivel intelectual, a duras penas cursaron algunos grados de primaria. Llegó a trabajar en oficios varios, lavando ropa en casas de familia o como empleada en restaurantes”.

De una relación con un hombre de Sogamoso (Boyacá) nació Andrés, un niño abandonado por su padre hasta los nueve años, edad en que lo vio por primera vez. 

A pesar de ese primer acercamiento la relación con su progenitor fue distante, de encuentros esporádicos y una que otra temporada de vacaciones. El resto del tiempo estaba con su madre, a quien vio laborar de sol a sol para lograr una comida diaria.

Recuerda su casa. Quedaba en la carrera tercera con calle 29 Sur, en el barrio Suramérica, colindante con el 20 de Julio. En esas calles transcurrió su infancia. A falta de juguetes, los niños del sector solían jugar con los inmensos tubos de una fábrica del sector.

Otros días se reunían en la plazoleta de la iglesia en donde era normal ver a los padres salesianos hablar con la comunidad, siempre devota, y orgullosa de sus tradiciones religiosas. 

Y fue ahí, en ese escenario, en donde Andrés conoció al padre Gustavo Eliécer García. “Siempre fue un religioso muy conocido dentro de la comunidad por sus obras sociales. Él regalaba dinero, les ayudaba a los jóvenes en el estudio, daba ropa, comida.Todas esas dádivas lo volvieron muy popular. Era normal verlo rodeado de 20 a 40 personas solo por asomarse a la puerta de la iglesia 20 de julio”.

Ese primer día de la década de los 80, el religioso invitó a los niños a comer onces con la promesa de ofrecerles un trabajo en sus ratos libres, relacionado con el apostolado bíblico católico. “Yo tenía unos ocho años, estudiaba en la escuela Suramérica y pues esa propuesta nos puso muy contentos a mí y a mi primo. Aceptamos felices”.

Al día siguiente los niños llegaron a la cita a la hora acordada y conocieron cuáles eran sus tareas: clasificar libros, almanaques, estampas, velas y todo tipo de propaganda católica para luego empaquetarla y que saliera a distribución. 

“Luego llegaban unos camiones. Nosotros también ayudábamos a descargarlos y a llevar toda la mercancía a unas bodegas llenas de libros. Éramos entre 30 y 50 jóvenes entre los 8 y los 20 años”. Había dos turnos. Uno de 8 a.m. a 12 m. y otro de 2 a.m. a 5 p.m. 

Andrés comenzó a apreciar mucho al padre García. Este señor, tan respetable, se tomaba su tiempo para ir a hablar con los jóvenes. Les narraba historias, les contaba chistes y entre anécdota y anécdota solía ponerse muy cariñoso. “Nos tocaba las orejas, las tetillas, los cachetes. Realmente uno de niño pensaba que era su forma de demostrarnos cariño. Luego, al final del turno, nos pagaba y nosotros nos íbamos para la casa felices”.

Andrés no tenía malicia alguna. No había tenido un padre que le explicara cuándo se cruzaban los límites, ni cuándo tenía que rechazar alguna señal de afecto. “Yo creía que todo lo que hacía el padre era natural. Es más, yo me sentía cuidado por él”.

Pronto, esas demostraciones eran más explícitas. “Solía decirme que lo acompañara al sótano. Allá me daba besos en la mejilla, en la boca, me acariciaba el pecho, la cola y cuando terminaba me daba más dinero que a los demás”. Andrés dice que en su ingenuidad creyó que todos esos comportamientos eran normales, que viniendo de un adulto tan respetable no se trataba de nada malo y que en cambio eso le servía para ayudar a costear las necesidades del hogar.

Esa misma escena se repitió una y otra vez y Andrés dice que el padre solía pagarle a él de últimas para propiciar esos instantes de soledad. “Cada vez se ponía más intenso y cuando terminaba se calmaba. Luego sacaba algo para regalarme. Él tenía de todo porque los feligreses le llevaban muchos regalos. Me daba hormigas culonas, cajas de pollo. Para un niño pobre todo eso era un maravilla”.

Tiempo después Andrés se convirtió en un monaguillo. “Junto a otros jóvenes yo participaba en todas las actividades de la iglesia”. Y mientras eso pasaba, el padre García solía susurrarle cosas al oído que lo mantenían como en una especie de nebulosa. “Andrés yo soy tu amigo, cuenta conmigo, te quiero, nunca te va a pasar nada malo, cuéntame tus secretos”. Él se sentía realmente protegido.

Pero a los 10 años el abuso, dice Andrés, pasó de ocurrir en los sótanos y las bodegas a tornarse más violento. La primera vez ocurrió en la habitación de a quien consideraba su mentor, ubicada en un edifico contiguo a la iglesia.

“Un día me dijo que iba a conocer su dormitorio. Estando allá, él se desnudó, luego hizo lo mismo conmigo y me violó. Solo recuerdo dolor y una sensación asquerosa. Yo solo cerraba mis ojos y lloraba, solo lloraba. En ese momento él acabó con todos mis sueños de niño”. Después de la violación, Andrés cuenta que el religioso sacó unos billetes y le dijo que se fuera a descansar.

A partir de ese día este joven se volvió un ser tímido e introvertido. No hablaba con nadie, no tenía temas de conversación. “Yo sentía que todos los adultos se comportaban de esa manera y que a pesar de que el padre me había hecho eso, era el único que me cuidaba, se había convertido en una figura más importante incluso que mi mamá, él era el que veía mis calificaciones, el que me daba las onces, el que me conseguía ropa. Estaba completamente subyugado”.

En los pasillos, en las bodegas, se perdió la infancia de Andrés. Él asegura que desde los ocho hasta los 18 años fue ultrajado. “El padre abusó de mí hasta que me fui al Ejército”.

Andrés se volvió soldado en el batallón de mantenimiento. “Fue como si me hubiera quitado una venda de mis ojos. Allá me di cuenta que había relaciones entre mujeres y hombres, que había parejas de novios. Entendía cosas que nadie antes me había enseñado. Cuando terminé el servicio despreciaba la iglesia. Me sentía asqueroso, cochino. Mi frustración era inmensa. Me habían quitado la ilusión de saber cómo ocurría una relación normal, consentida”.

Pasaron muchas noches en las que Andrés no podía conciliar el sueño. “Me torturaba preguntándome por qué había dejado que todo eso ocurriera, por qué no entendí que todo lo que me hizo era asqueroso, por qué no podía enfrentarlo, por qué le tenía miedo”.

Un día decidió escribirle una carta al padre García que llegó a sus manos gracias a su madre. “Mi mamá me contó que ese día se preocupó mucho y sacó más dinero de lo normal para darle a manera de ayuda”.

Cada día que pasaba Andrés daba un paso más que lo sacaba de esa especie de encierro mental en el que vivió durante tantos años. “Veía en las noticias que el abuso era un delito y solo así entendí que había sido una víctima”.

Andrés les contó por primera vez todo lo sucedido a unos abogados pero estos no tardaron en decirle que si no había pruebas como fotos o testigos, enfrentarse a la iglesia era prácticamente tirarse a un abismo. “Ese día sentí que una montaña de tierra me había sepultado”.

A la segunda persona que le contó fue a su novia, hoy su esposa, su compañera de vida. “Era una clienta mía, en esa época yo arreglaba computadores. A ella le abrí mi corazón. Al final, después de haber llorado juntos, me dijo que me apoyaba en la decisión que yo tomara”.

Después de esa catarsis otra idea le quitaba el sueño: la necesidad de encontrar una prueba que le demostrara al mundo que lo que había vivido no era una patraña. “Así me surgió la idea de ir a confrontar al padre con un cámara oculta”. Ya era el año 2014.

Ese día, para que no lo rechazara, saludó al padre y entabló una larga conversación con él. Le contó muchas anécdotas y al final cuando le dijo: “te sigo encomendando Andrés”, este sacó fuerza para preguntarle el porqué de los abusos.

El padre terminó por aceptar un episodio: “Recuerdo un domingo, 5 de la tarde. Usted no se imagina después de tres misas lo cansado que termina uno. Usted se presentó en las escaleras con una pantaloneta, y fuimos al cuarto, me demoré cinco minutos. La demás veces, sí se las imagina usted”.

Luego, en una reacción aireada, el religioso se paró y dejó de hablarle a Andrés. “Entonces yo lo perseguí, él intentó cerrarme la puerta, y en ese momento yo le confesé que había grabado toda la conversación. Él me dijo que ya no quería hablar conmigo, que si yo quería le contara todo a su superior”.

Y así fue. Andrés le entregó las pruebas a un superior del padre y le exigió que se hiciera justicia. “Me escucharon, me prometieron que iban a estudiar la denuncia con unos abogados. A los ocho días me volvieron a citar, me dijeron que yo era un valiente y que mientras cursaba la denuncia me iban a indemnizar con 50 millones de pesos por ser una víctima. Dentro de mí yo decía: gloria a Dios, todos van a saber quién es realmente ese padre”.

Pero a los dos años, en el 2016, Andrés, quien ya vivía en otra ciudad, visitó a su madre y pasó por la iglesia 20 de Julio. “De repente, escuché la voz del padre. Estaba dando la misa como siempre, con el mismo poder que siempre ostentó”.

Andrés no tardó en ir a averiguar qué había pasado con la investigación interna. “Me dijeron que ese tipo de trámites eran muy demorados y que me iban a dar la segunda parte de la indemnización, otros 50 millones. Ese día les dije que yo quería justicia y que ellos debían evitar que más niños corrieran peligro”.

Los años siguientes, al ver que no pasaba nada, Andrés llegó a ir a la Casa Provincial de los Salesianos, a poner todo en conocimiento del padre Jaime Morales, provincial en Colombia. “Cuando él se enteró de que me habían dado una indemnización como víctima, que hasta ese momento yo consideraba con un proceso normal y legal dentro de la iglesia, él me dijo que eso no estaba permitido. Que el proceso comenzaba con una investigación que llegaba hasta Roma, que quedaba en manos de una comisión, y que se nombraba un notario y un juez de la causa. También me dijo que a nadie se le daba dinero y que lo único que podía hacer yo era esperar porque detrás de mí había mil casos más”.

Hoy, a pesar de la lucha de Andrés, a pesar de sus denuncias, de exponer su caso en varios medios de comunicación, de contarle todo al enlace de la Santa Sede con Colombia, de poner una denuncia en la Fiscalía que fue desestimada por el tiempo transcurrido, de haber conseguido una prueba de su drama, no ha pasado nada. “El padre que me violó sigue ahí, dando misa, aclamado por todos sus devotos. Hasta hace poco había fotos de él por todos lados, como si fuera un Dios”.

Andrés, hoy de 43 años, no ha dejado de creer. “Yo sé que llegará el día en que el padre pague por todo lo que me hizo, que la iglesia reconozca el caso y me pida perdón por todos esos vejámenes que se robaron mi infancia, que por lo menos mi agresor deje de dar misa”.

CAROL MALAVER
Si usted ha sido una víctima de pederastia, escríbanos a [email protected]
*Nombre cambiado por solicitud del entrevistado.

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