Se cumplen 25 años de mortal incendio en NY

Un cubano molesto por el rechazo de su antigua novia le prendió fuego a una discoteca. El saldo: 87 muertos.
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Recluido.  El cubano Julio González fue el causante de una de las peores tragedias ocurridas en Estados Unidos. Recientemente se le negó una petición de libertad.

Recluido. El cubano Julio González fue el causante de una de las peores tragedias ocurridas en Estados Unidos. Recientemente se le negó una petición de libertad.

Recuerdo. Los nombres de los 87 muertos en el incendio de la discoteca Happy Land, en el Bronx, han sido puestos en una placa conmemorativa, a 25 años de la tragedia.

Recuerdo. Los nombres de los 87 muertos en el incendio de la discoteca Happy Land, en el Bronx, han sido puestos en una placa conmemorativa, a 25 años de la tragedia.

Se cumplen 25 años de mortal incendio en NY

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Hace veinticinco años, el que fue entonces el mayor asesinato en masa en la historia de Estados Unidos convirtió una discoteca de Nueva York en un infierno de llamas y humo que dejó un saldo de casi 90 muertos, algunos de ellos con los tragos aún en las manos.

Esa noche, un emigrado cubano llamado Julio González trató de recuperar las atenciones de la mujer que lo había rechazado.

González entró al club Happy Land, en el Bronx, que estaba lleno de gente, en su mayoría inmigrantes. Su exnovia Lydia Feliciano estaba a cargo del guardarropa, y ambos tuvieron una acalorada discusión. González fue expulsado.

Furioso, González regresó poco después de las 3 de la mañana, roció gasolina en la única salida del Happy Land y encendió dos fósforos. Entonces cerró la puerta de metal de la entrada.

En unos pocos minutos 87 personas habían muerto.

Esa tragedia en marzo de 1990 se conmemoró el miércoles por la noche con una misa, seguida de una procesión desde la iglesia hasta un memorial de granito cerca del club, donde se realizó una vigilia.

El incendio fue el peor en Nueva York desde que 146 personas, en su mayoría mujeres, murieron en el siniestro en la fábrica textil Triangle Shirtwaist Company, en el que es hoy el Greenwich Village, el 25 de marzo de 1911.

Asfixiadas

Esa noche de 1990, las personas en la discoteca fueron asfixiadas por el humo o quemadas. Todo sucedió tan rápidamente que algunas víctimas se parecían a las figuras de Pompeya.

Unas pocas tenían aún los tragos en las manos. Otras se habían arrancado las ropas, envueltas en llamas. Otras murieron agarradas de manos. Los cadáveres se apilaron en el suelo del Happy Land, los rostros cubiertos de hollín.

“Yo me desperté y olí humo”, dice Jeff Warley, que vivía a unas pocas cuadras. Warley caminó hasta el lugar “y aún había cadáveres, en la calle”, cubiertos con sábanas en espera de ser transportados.

Feliciano sobrevivió, al igual que unos. Entre ellos estaba el discjockey, Rubén Valladares, que salió de entre las llamas con quemaduras en más de 50 % del cuerpo.

Entre lo que quedaron atrapados estaba el tío de Pablo Blanco, Mario Martínez, que dejó una viuda y un hijo.

“Él era mi tío favorito. Me enseñaba a cocinar”, expresó Blanco, parado esta semana en la calle en el barrio de West Farms cerca del antiguo club, donde ahora hay una peluquería.

Veinticinco años no son suficientes para borrar las vívidas memorias del horror en las mentes de los sobrevivientes y aquellos que no volvieron a ver a sus seres queridos. Una mujer perdió a más de cinco familiares, dijo Blanco.

Unos dos tercios de las víctimas pertenecían a una comunidad del Bronx llamada garífunas –hondureños descendientes de negros del Caribe exiliados por los colonizadores británicos hace más de dos siglos. En años recientes, muchos habían escapado del represivo régimen de Honduras y se habían asentado en Nueva York.

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