Mujer El apetito y la sensación de saciedad no están siempre relacionados con la ingesta de alimentos

Consejos para acabar con el "tengo hambre a todas horas"

Primero: no compre saciantes artificiales

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Un aperitivo con su cervecita. Una buena ensalada césar, bien de queso y tocino. Un plato de costillas de cerdo. Y con papas fritas para acompañar. Seguramente esto es un festival calórico digno de un emperador romano. Pero, ay, ¿cómo decir que no a un pan de chocolate? Y a la galletita que ponen con el café. "Bueno, al menos, no cenaré", pensamos. Un yogur y a la cama. Pero de eso, nada, porque tiene hambre a todas horas y llegan las nueve y al yogur se le suman una tortilla con queso y una cucharada de frijoles. En resumen: todo el día comiendo.

Pero, ¿cómo es posible? Sencillo: porque el apetito y la sensación de saciedad no están siempre relacionados con la ingesta de alimentos. Así lo afirma un estudio de la Universidad de Sheffield, que ha demostrado que el hambre no está vinculada a la cantidad de calorías ingeridas. Al menos, no únicamente, porque hay mucho más: al previsible gasto de energía —por aquello de que el cuerpo es inteligente y sabe cuándo debe parar— hay que sumar los estímulos visuales y olfativos, los hábitos alimenticios y otros factores sociales, psicológicos y emocionales. Vamos, que al hambre no sólo se la combate comiendo. Entonces, ¿cómo?

 

El hambre está en su cabeza (y más)

Por docenas de factores. "En el apetito influyen complicados sistemas neurohormonales localizados a nivel cerebral, que implican al sistema periférico autónomo —el que regula los órganos y el equilibrio interno del organismo— y también al plano gastrointestinal", avanza Javier Tejedor, profesor de Alimentación en la Universidad Internacional de La Rioja y experto en Nutrición.

En otras palabras: con el estómago vacío, el cuerpo nos demanda un aporte de calorías para recuperar energía. Lógica pura. Pero, además, en la sensación de hambre influyen otros estímulos externos como el olor o el aspecto de los alimentos, factores patológicos relacionados con los trastornos alimenticios, el aspecto emocional e, incluso, el clima y la idiosincrasia de cada sociedad.

Comer y picar

Conviene plantearse antes de empezar si realmente tenemos hambre o no. "Puede no ser apetito sino aburrimiento, ansiedad… En la cultura de la inmediatez, ser conscientes de cuál es nuestra relación con la comida es crucial", afirma Iris de Luna, que también alude a la complejidad del tema: "Debemos tomar como base el ajuste entre lo que comemos y lo que consumimos, además de crear una dieta equilibrada combinada con ejercicio".

 

Y, realmente, ¿se puede controlar el apetito? Buenas noticias: es posible. Al menos, se puede intentar. A los picoteos entre horas le acompañan otras técnicas útiles como, por ejemplo, mantener unos niveles correctos de hidratación.

Pero hay más, según la endocrina Diana Boj: "Se deben sustituir los zumos, aunque sean naturales, por las piezas de fruta enteras, para ingerir también la pulpa. También conviene masticar bien y comer despacio, además de hacerlo sin distracciones como la televisión para tener conciencia y control sobre lo que estamos haciendo", enumera.

Aconseja no saltarse el desayuno y establecer un plan regular de comidas, evitar en la medida de lo posible el estrés y su canalización en forma de picoteo entre horas, prescindir del alcohol y tener un patrón de sueño ordenado y, por último, "adquirir un estilo de vida saludable que incluya ejercicio y dieta, y entender que esta es para siempre, que no debe suponer pasar hambre sino asumirse como una forma constante de relacionarnos con la comida".

En definitiva, comer siendo conscientes, determinando el origen del hambre y evitando hacerlo sin razón. Esa parece ser la pauta. Y las de arriba, algunas de las técnicas para mantener a raya el apetito desmesurado. Quizá, si es necesario y si se busca algo de placer, haya que dejarse las uñas largas y quedarse sólo con el rascar.

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