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Cuando el problema es uno mismo

Cuando los contratiempos parecen acumularse entramos en el terreno de lo inevitable. Para intentar resolverlos hay que buscar la raíz de los mismos. El carácter juega un rol importante en la resolución de los conflictos, sin importar su magnitud.
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Angelina es una experta en contratiempos. No porque sepa cómo solucionarlos, sino porque siempre anda enfrascada en unos cuantos. Con ella la conversación suele empezar con: “¿En qué líos andas metida?”. Entonces empieza a contarlos, los enumera y los jerarquiza. Donde ella ve fuegos, agujeros negros, enemigos y aludes que la arrastrarán al fondo del abismo, solo hay un problema. Siempre el mismo.

En realidad no era que tuviera muchos frentes abiertos, sino que siempre era el mismo que se reproducía en todos los ambientes de su vida. Hay días en los que parece que todos los elementos se han conjurado para amargar la existencia a cualquiera. Entonces se intentan superar los agravios con los recursos aprendidos, pero el resultado, al final, varía poco. ¿Qué está ocurriendo? Resulta curioso que el ser humano no se dé cuenta de que, aunque cambien las personas y los contextos, suele existir un problema de fondo que hay que resolver. Angelina suele cansarse de todo. En todos los aspectos en los que ella ve mala suerte, negocios fallidos y gente que no la entiende, solo hay cansancio.

La manera en que una persona solucione sus conflictos puede determinar su carácter. La cualidad de saber reaccionar frente a las adversidades es una de las particularidades que pueden forjar una personalidad. Para desatascar una situación complicada hay que llevar a cabo una serie de acciones puntuales que no valen para resolver otra dificultad de diferente índole. Es decir, no se deben repetir los patrones de conducta porque cada problema requiere una determinada resolución.

Es importante entender este punto y luchar contra la fuerza del hábito, que siempre te empuja a actuar de la misma forma. Lo complicado es que no siempre es fácil identificar nuestra propia conducta. Creemos ir por la derecha, pero cuando advertimos nuestros pasos resulta que andamos hacia la izquierda. Es más, muchas veces somos capaces de cambiar de ruta en décimas de segundo.

El remedio a tales entuertos se encuentra, como tantas otras cosas, en ese mecanismo invisible que se llama inconsciente. Cuando nuestros hábitos, también los psicológicos, quedan mecanizados, el inconsciente se convierte en una máquina infalible que decide por nosotros, que retorna una y otra vez a lo que una vez le enseñamos.

Sucede entonces que, a pesar de haber tenido trabajos diferentes, relaciones y amistades, cambiar de domicilio, de países y de culturas, se repite la misma historia, se acaba más o menos igual, suceden los mismos contratiempos y se intentan solucionar de igual manera. Lo que pasa es que nunca se resolvieron porque se desconocía su origen. Esto se debe a que, al no ser conscientes de la repetición de conductas, se piensa que esta vez sí que valdrán para salir del atolladero. Cuando no se logra salir del bucle, el contratiempo puede llegar a someter a cualquiera.

Con los problemas ocurre como con las crisis, que pueden convertirse en fuente de autoconocimiento o conducir directamente hacia el abismo. Puede ser muy útil identificar las conexiones que hay entre los contratiempos que más sufrimos, estudiar sus pautas y descubrir así los aspectos que no se han logrado superar. También cabe preguntarse hasta qué punto un conflicto presenta realmente una dificultad. El filósofo hindú Jiddu Krishnamurti solía decir que los problemas solo existen si hay que resolverlos. Con esta idea indicaba la tendencia humana a buscar dificultades allá donde no los hay. Imaginarse que uno estaría mejor en otro lugar, trabajo o relación no es un problema, sino una situación, probablemente de cierto vacío. Lo conveniente sería afrontar la situación y ver cómo paliar esa insatisfacción general, pero no marearse con algo que solo está en la mente de quien busca un rato de consuelo.

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