El arte de “amar” a nuestros hijos

Amar a un hijo implica educarlo; y educarlo implica amarlo, porque el esfuerzo y la dedicación que requiere una buena educación solo se hace por alguien a quien se ama.
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Cuando hablamos de amor hacia nuestros retoños casi siempre pensamos en un amor incondicional, que lo perdona todo y no cuestiona nada. Sin embargo, esto no es suficiente, y en ocasiones hasta es incompatible con la adecuada forma de amar a nuestros hijos, es decir, en la racionalidad, en la educación de valores, premios, consecuencias y castigos.

Frecuentemente creemos que eso no es amor, y, por otro lado, a veces pensamos que es más difícil amarlos de esta manera, ya que si accedemos a todo lo que piden, pasamos por alto malas acciones y rehuimos los regaños, la disciplina y el establecimiento y cumplimiento de límites, nos resulta más cómodo, menos complicado.

Sin embargo, nada más equivocado. Amar a un hijo implica educarlo; y educarlo implica amarlo, porque el esfuerzo y la dedicación que requiere una buena educación solo se hace por alguien a quien se ama; difícilmente se hace por alguien a quien no se ama, y si se hace, al hacerlo automáticamente se le ama, porque la educación es una entrega a él (ella), y él (ella) se convierte en la obra de nuestro esfuerzo, dedicación y entrega.

Educar a un hijo no es consentirlo, sino prepararlo para ser en el futuro un miembro valioso de la sociedad, que la enriquezca, que aporte sus valores, su esfuerzo y conocimiento; y que disfrute de su integración a la misma. Además, la educación de nuestros hijos es el más importante y más grato regalo para ellos.

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