Felicidad virtual

La vida virtual tiende a convertirse en el refugio de aquellos cuya vida real no está sólida y bien construida.
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No dejo de sorprenderme de cómo las redes sociales están cambiando nuestras vidas. Empezaron siendo una forma moderna de comunicarse y compartir lo que solíamos comunicar y compartir con las personas, es decir, un poco de todo, alegrías, tristezas, logros, preocupaciones... Parece que las redes sociales han conseguido el milagro de hacernos a todos felices. ¿Será esto así? ¿Qué tan cierto es?

El resultado de todo ello es que cada vez una mayor parte de la sociedad, particularmente entre los jóvenes, se ve envuelta en ese mundo de fantasía, en esa burbuja de alegría y felicidad que son las redes sociales.

Viven dos vidas paralelas: la vida real, con sus cosas buenas y malas; y la vida virtual, con solo la parte buena de la real, y, sobre todo, con lo bueno de la realidad ficticia, que siempre es buena, porque para eso es artificial. Sin embargo, da igual; el efecto que provoca esa realidad artificial parece ser tan embriagador como el del alcohol o las drogas. Poco importa si es artificial o no; lo que importa es que uno se siente bien con ello.

De hecho, las personas con una vida real bien asentada participan mucho menos de este tipo de relaciones virtuales; la vida virtual tiende a convertirse en el refugio de aquellos cuya vida real no está sólida y bien construida, porque en el mundo virtual es fácil arreglarla; en el mundo virtual todo tiene arreglo y queda “mucho mejor” que en la vida real. Y con la ventaja añadida de que no provoca daño físico. Sin embargo, no estoy segura de que no provoque otro tipo de daño.

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