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HIIT, entrenamiento intenso

El HIIT es una de las formas más efectivas que existen tanto para mejorar la resistencia como para quemar más grasa. Además, inhibe la producción de la hormona del apetito.
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HIIT, entrenamiento intenso

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Básicamente, la idea del entrenamiento en intervalos de alta intensidad o HIIT consiste en mezclar períodos cortos de tiempo de un entrenamiento cardiovascular muy intenso, en torno al 80 % o 90 % del ritmo cardiaco, con otros períodos también cortos de una intensidad moderada o baja.

El ejercicio se ha convertido en la niña bonita de los gimnasios en los últimos años. Darlo todo hasta acariciar el nivel de extenuación no solo permite liberar adrenalina y aliviar las tensiones del día. Espabila los músculos en un tiempo breve y genera una importante quema de calorías.

El agotamiento al terminar una sesión puede ser tal que lo normal es no tener hambre. Ni en mitad de la clase ni inmediatamente después. Esto se debe a una inhibición en la producción de la ghrelina, la hormona responsable del apetito.

“Es cierto que el hambre disminuye de manera aguda y no debe extrañarnos”, señala la doctora Irene Bretón, especialista en Endocrinología y Nutrición de la Unidad de Obesidad del Hospital Universitario HM Montepríncipe y presidenta de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN). La razón de que esto ocurra está en que “el ejercicio de intensidad sitúa al cuerpo en condiciones similares a las de una situación de lucha o huida, en la que lo prioritario es dedicar los recursos metabólicos para ponerse a salvo. La búsqueda de alimentos (en esas circunstancias) queda en un segundo plano”.

Perder el apetito no es igual a adelgazar

Hay estudios que señalan, incluso, que una sesión extenuante de H.I.I.T. puede llegar a anular la producción de ghrelina durante horas. Y, una vez más, los hay que hacen la cuenta de la vieja: menos hambre, menos comida, más adelgazar. Pero se equivocan: no crea que gracias a la falta de apetito va a conseguir perder más peso.

Lo primero que debe saber es que, según explica la experta, esta hormona no actúa igual en todas las personas: “No podemos condicionar el éxito de una dieta a la acción de la ghrelina; de hecho, la disminución del apetito también viene determinada por la secreción de otras hormonas digestivas, como GLP-1 y PYY, que se producen en la parte final del intestino delgado”.

Pasado el tiempo de gracia post H.I.I.T. en que hacemos oídos sordos a los cantos de sirenas que vienen de la despensa, tarde o temprano habrá que probar bocado, salvo que se quiera morir de inanición.

Aunque no tengamos hambre, lo mejor que podemos hacer es comer después de entrenar para aprovechar la ventana metabólica: ese período que va de media hora a unas dos horas después de la actividad física en la que el cuerpo asimila mejor los nutrientes y acelera su recuperación.

Durante el ejercicio, “el cuerpo se deshidrata y pierde micronutrientes”, aclara el doctor José Antonio Rosado, médico adjunto Servicio de Endocrinología del Hospital Universitario de Getafe. Por eso, conviene beber agua y “reponer esos micronutrientes en un primer momento”. Además, aconseja comer “una pequeña cantidad de hidratos de carbono para que los niveles de lactato —un ácido que se produce cuando se queman las reservas energéticas de glucógeno en ausencia de oxígeno— disminuyan lo más rápidamente posible”, pues, al aumentar los niveles de este ácido, los músculos rinden peor y nos fatigamos más.

“Una pequeña ingesta al terminar la clase nos va a aportar un efecto saciante que hará que el hambre posterior sea más atenuada”. Una bebida recuperadora, un yogur sin azúcares o un plátano suelen ser los favoritos de los deportistas. Y, sí, deben tomarse incluso sin hambre.

Después de entrenar
Lo mejor es comer después de entrenar para aprovechar la ventana metabólica: ese período que va de media hora a unas dos horas después de la actividad física en la que el cuerpo asimila mejor los nutrientes y acelera su recuperación.


“El H.I.I.T. –en general– disminuye la grasa total, la grasa abdominal y la visceral y aumenta la sensibilidad a la insulina; es decir, el cuerpo se vuelve más eficiente a la hora de metabolizar los azúcares (la glucosa) que, en caso de no quemarse, se transforman en grasa”, doctora Irene Bretón, presidenta de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN)

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