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Los siete pasos para hacer de tu hijo un experto emocional

El ser humano tiene que tomar decisiones poniendo sobre la mesa tanto las emociones como sus pensamientos. Por ello, como padres, debemos ser guía ante sus emociones.
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Los siete pasos para hacer de tu hijo un experto emocional

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Hacer de nuestros hijos mejores personas parece ser un verdadero objetivo en esta época. Pero, sin duda, parte de lograrlo es necesario que ellos aprendan a controlar sus emociones y junto a ello ser perfectamente conscientes de todo lo que sienten.

El objetivo de este artículo es mostrar los siete pasos o fases por las que debemos pasar para que nuestros hijos aprendan a gestionar sus emociones con la ayuda de sus padres y así se conviertan en expertos emocionales.

En primer lugar, debemos conocer las emociones básicas, lo cual implica saber cuáles son y sus funciones básicas.

Darnos cuenta de que no pretendemos conocer emociones complejas como el orgullo o la envidia, sino las emociones más básicas y sencillas. Para superar con creces este primer paso debemos conocer, como mínimo, las siguientes emociones básicas y para qué sirve cada una de ellas: miedo, rabia, tristeza, alegría, curiosidad, asco, amor y, para niños un poco más mayores, la vergüenza. Por ejemplo, como padres debemos conocer la emoción de rabia o ira y saber que cuando estamos enfadados tenemos ganas de pegar, insultar o atacar, motivo por el cual se activa el tren superior del cuerpo. En cambio, cuando nos sentimos alegres tenemos ganas de acercarnos a nuestros seres queridos.

Una vez que conocemos las emociones básicas, debemos ser capaces de reconocer las emociones en nosotros mismos y en los demás.

Si conocemos los gestos, miradas y conductas que genera cada una de las emociones básicas, seremos capaces de reconocerlas tanto en nosotros mismos como en los demás. Por este motivo, es importante que desde que nuestros hijos son muy pequeños les ayudemos a ponerles un nombre a las emociones que están experimentando en cada momento. “Juan, tienes ganas de pegar a tu hermano porque sientes rabia” o “María, te cuesta estar quieta porque estás muy alegre por la celebración de tu cumpleaños”. Para que como padres seamos capaces de hacer esto, debemos sintonizar con las emociones de nuestros hijos, es decir, activar nuestro cerebro emocional con el suyo.

Legitimar las emociones que nuestros hijos están experimentando.

Cuando hablamos de legitimar, nos referimos a permitir y a atender la emoción que viven nuestros pequeños. La experiencia nos demuestra que tanto los padres como los educadores, como norma general, no solemos permitir en muchos casos la expresión genuina de las emociones de nuestros hijos. “Carlos, no entiendo cómo te da miedo ese perrito tan pequeño”, “levántate del suelo que la caída no ha sido para tanto” o “¿de verdad que no te gusta la carne que te ha hecho la abuela con todo su cariño?” ¿Les suenan estas frases? En todas ellas no hay una verdadera legitimación de sus emociones.

Aprender a regular las emociones.

Las emociones surgen en una parte concreta del cerebro que se llama sistema límbico. No podemos hacer nada para que determinadas emociones surjan, ya que son involuntarias, automáticas e inconscientes, pero lo que sí podemos hacer es gestionar o regular la conducta consecuente. Tenemos que diferenciar entre emoción y conducta.

Para aprender a gestionar correctamente la rabia, poder practicar algún tipo de deporte, hacer mindfulness o hablar con una amiga pueden ser excelentes soluciones.

Reflexionar sobre la emoción que estamos sintiendo.

Resulta muy importante dedicar un tiempo a pensar sobre las emociones que estamos experimentando, así como sobre las sensaciones, los pensamientos y las acciones consecuentes.

Es verdad que cuando nuestros hijos tienen pocos años, aún no tienen la capacidad de pensar autónomamente, por lo que se hace imprescindible que reflexionemos con ellos haciéndoles conscientes de todo lo que experimentan. El niño se encuentra en equilibrio mental cuando hay una coherencia entre sus sensaciones, sus emociones, sus pensamientos y sus acciones.

Actuar las emociones de manera adaptativa.

Es importante que sepamos dar una respuesta lo más adaptativa posible a nuestras emociones. A veces la situación en la que estamos nos permite expresar naturalmente la emoción, pero otras veces no es beneficioso para nosotros. Si vemos que hemos sido admitidos en un curso, pero a nuestra amiga le han denegado dicha solicitud, seguramente no sea ni el lugar ni el momento de ponernos a dar botes de alegría. Si pensamos ahora en los niños, podemos encontrar muchos ejemplos en donde no actúan las emociones de manera sana y adaptativa.

Establecer una historia de lo ocurrido.

La última etapa por la que debemos transitar es la darle un sentido o una explicación a lo ocurrido. Todos conocemos el cuento de Caperucita Roja. Consiste en que les expliquemos a los niños lo que acaba de ocurrir, cómo se sienten ahora y lo que pueden hacer en un futuro inmediato. Es como contar un cuento. Veamos el caso de Julia, una niña de cinco años que está durmiendo en su habitación cuando de repente... grita y se pone a llorar. Ha tenido una pesadilla y sus padres acuden rápidamente a su habitación. Se encuentra muy alterada y con mucho miedo por la pesadilla que ha tenido. En ese momento, sus padres tienen que hilar fino para relacionar las sensaciones, emociones, pensamientos y acciones y devolver a Julia a un equilibrio. Tienen que darle una narrativa o un sentido a lo ocurrido.

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