No es un capricho, es Teria

Descrito en la bibliografía médica recién en 2013, este desorden alimentario afecta a los niños pequeños y puede desencadenar en casos graves de malnutrición.

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A Camila, con solo cinco años, la invadió el miedo a vomitar después de dos episodios traumáticos. El primero, por comerse un paquete de galletitas de chocolate de una sola vez. El segundo, cuando tuvo fiebre. Así, la niña que hoy tiene 10 comenzó a restringir el consumo de algunos alimentos, hasta poder comer únicamente purés. "Un día se atragantó con un calamar y no quiso volver a probarlo. Después, hizo lo mismo con la carne. Al final ni siquiera toleraba la pulpa del jugo. Llegó a perder 10 libras en cuatro meses", contó a LA NACIÓN Laura Gallo, su madre.

Este desorden alimentario se denomina Teria (Trastorno por evitación o restricción de la ingesta de alimentos, ARFID por sus siglas en inglés), y se diagnosticó por primera vez en 2013, en Estados Unidos. Afecta a alrededor del 5% de la población infantil norteamericana, según el manual diagnóstico y estadístico de patologías mentales de ese país, DSM-5.

El diagnóstico de Camilia coincidió con el inicio de la cuarentena. "La angustia que una siente como madre es indescriptible. Pensás que tu hija se va a morir y no sabés qué hacer. Estábamos desesperados. No comía y no teníamos información sobre tratamientos virtuales porque todo era desconocido. Fue terrible", señaló Gallo y agregó: "Estaba muy delgada, demacrada. Se le marcaban mucho las ojeras y los huesitos de las costillas. Incluso ella no se veía bien, pero tampoco podía evitarlo, y vos, como madre, no le podés decir mucho porque se siente presionada y es peor".

"La selectividad y evitación de alimentos ha sido leída como un capricho o una preferencia alimentaria, por lo que ni padres ni profesionales han dado entidad a esto como una enfermedad de origen psíquico hasta hace ocho años", explicó la directora de CEDA, Olga Ricciardi.

Según la especialista, este trastorno se presenta mayoritariamente en niños pequeños y tiene cura: "Siempre y cuando se realice un tratamiento interdisciplinario, especializado y ambulatorio, ya que requiere del abordaje de las causas psíquicas que dieron lugar a la evitación o restricción. El trabajo terapéutico y nutricional que se realice con la familia es una parte fundamental para el alcance de la cura de estas patologías". Y completó: "Si no se trata, puede ocasionar riesgos clínicos importantes. Incluso, en los casos de evitación completa del alimento, puede conllevar riesgo de muerte".

La importancia del diagnóstico

"El mayor riesgo se produce cuando la restricción conlleva a comer únicamente tres o cinco alimentos o incluso a la eliminación total. Pueden traer cuadros de desnutrición o malnutrición, que conllevan a la pérdida de músculo. El cerebro también sufre por ello y hay riesgo de muerte", expresó Juana Poulisis, psiquiatra especialista en trastornos alimentarios.

"Teníamos mucha incertidumbre e impotencia, porque no sabíamos qué tenía. Es complicado de ambos lados, porque ellos también lo sienten. Con la terapia de exposición a los alimentos, se dio cuenta de que comer no le producía ganas de vomitar. La enfrentaron con el problema para que ella misma viera que no le sucedía nada. Saltaba y corría después de comer. El diagnóstico acertado es muy importante, porque cada día que pasa es un día perdido y la única perjudicada es la paciente", destacó otro padre identificado solo como J.P., su hija de tan solo nueve años llegó a pesar 32 libras.

"El tratamiento es nutricional y psicoterapéutico de exposición gradual. Por ejemplo, armando una lista de los alimentos que come, cuáles no y cuáles se animaría a ir probando. En el caso de los pacientes hipersensoriales, se necesita añadir la terapia ocupacional. Si es necesario, también un tratamiento farmacológico: antidepresivos en los casos con trauma; antifólicos en los casos de inapetencia para abrir el apetito. En el caso de la hipersensorialidad, habría que descartar que se trate de un caso de TEA", destacó la psiquiatra.

No es un capricho

Matilda, de seis años, tenía apenas tres cuando comenzó a dejar fuera de su alimentación las frutas y las verduras. "Cosas de chicos de su edad", le dijeron a Vanina, su madre. En marzo del año pasado, la familia se mudó a Inglaterra y la situación persistía, pero lo asociaron al hecho de haber vivido una situación traumática como el traslado a otro país.

Ante el diagnóstico de Teria –con hipersensibilidad sensorial– y las indicaciones de la psiquiatra, Vanina fue atando cabos: "Me di cuenta de que a Matilda le molestaban en exceso los ruidos fuertes. También peleaba mucho con las etiquetas de la ropa o, si se manchaba un poquito con agua, sentía la necesidad inmediata de cambiarse la remera. Si íbamos al supermercado y le pedía que agarrara un brócoli, lo soltaba enseguida".

Matilda continuó con la terapia tres meses. "Trabajamos con texturas, como la de la arena. Usábamos un spray rociador con el que le mojaba un poquito la ropa y trabajaba la resistencia. Le daba un poquito de jugo de naranja en jeringa para incorporar un sabor nuevo. Todo fueron pequeños procesos que ahora forman parte de un avance enorme", destacó Vanina.

"La tendencia a rechazar alimentos es una manifestación habitual de los niños de alrededor de los dos años, se considera parte del proceso de desarrollo, pero si esta situación persiste se considera patológica y produce consecuencias sociales y nutricionales graves, que pueden traer efectos graves para la salud, en casos extremos incluso la muerte. Pero si es identificado y tratado a tiempo en forma multidisciplinaria puede revertirse por completo", aclaró la experta en nutrición Eliana Sommario.

"Puede parecer un capricho, pero es una selectividad que le genera un malestar, un enojo. Se piensa que se va a pasar, pero no; hay que tratarlo. Cuando empezás a ver los pequeños cambios es cuando ves que vale la pena todo el esfuerzo. Hay que tener mucha paciencia y darle el espacio a los chicos para que puedan expresar cómo se sienten", concluyó Vanina.

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