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Nos estamos separando

La ruptura de la pareja en la mayoría de los casos significa un proceso complicado, doloroso y con implicaciones psicológicas, pero lo es especialmente para los hijos. Ellos son la parte más vulnerable de la familia y una ruptura mal orientada puede colocarlos en una clara situación de riesgo, comprometiendo seriamente su estabilidad emocional y su proceso madurativo.
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Para los más pequeños, sin ninguna duda, el proceso representa una tremenda dificultad, ellos se verán en una situación que los afecta de manera singular y sobre la que no tienen control, en la que lo harán con inseguridad y seguramente con mucha tristeza.

Es responsabilidad de la expareja manejar las emociones, encauzarlas adecuadamente, pero especialmente alejar a sus hijos de ellas. Recordemos que son los padres los que se separan, los hijos no.

Una de las situaciones que más puede dañar a los hijos ocurre cuando uno de los padres, arrastrado por las emociones, comienza a hablar mal del otro, pone en entredicho su capacidad para atenderlos, su papel de padre o madre; esta situación genera un sufrimiento inmenso en los niños, que puede derivar en problemas de conducta, alteraciones en la alimentación, el sueño, bajo rendimiento escolar, etc.

Lo más importante son los hijos, su salud mental y estabilidad emocional, ellos no deben ser expuestos a posibles conflictos, sino todo lo contrario: al amor, la seguridad y relación pacífica que como padres debemos transmitir a nuestros hijos.

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