Parte de crecer es saber perder

Gestionar la frustración y la derrota, en definitiva, es esencial para la autoestima de los hijos.
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A partir de los 5 años los hijos se inician en los juegos de competición y comienzan a medirse con los compañeros, lo que conlleva quedar a veces como “perdedor”, cosa no siempre bien tolerada. Algunos niños se frustran pero al rato ya están en otra cosa, otros deciden que “ya no juego” o evitan las situaciones de competición, mientras que otros se niegan a aceptar la derrota y explotan de rabia o se quedan con la “espinita” durante horas.

Lo cierto es que en casa los elogios les llueven sin parar: “Pero qué mayor te estás haciendo”, “¡qué bien, doblaste tu ropa solita!”. Y así un largo etcétera de piropos que hacen que todos los esfuerzos del hijo por mejorar cada día merezcan la pena y que a estas alturas sienta que lo hace todo fenomenal.

Con este equipaje de autoestima, aterriza sintiéndose “el rey” en el colegio (o el parque o con los primos), pero ahí se encuentra con otros niños que se sienten también los mejores. Y no solo eso, muchos realmente los son en algunas cosas o en algunos momentos.

¿Y qué ocurre entonces? Que la idea que cada niño tiene de sí mismo (básicamente la que sus padres le han transmitido) se va ajustando a la realidad a golpe de medirse con los demás. Y esto implica perder, renunciar, aceptar, ceder y conformarse con situaciones que, justas o injustas, significan uno de los primeros aprendizajes “serios” de la vida: eres estupendo, pero no puedes ser el mejor siempre.

Para tolerar la frustración hay que sentirla por lo menos un poquito. Hay que explicarle que a nadie le gusta perder. Y también es importante aceptar como normales los sentimientos de rabia y enfado, menciona Serpadres.es.

Disfrutar de las victorias y aceptar las derrotas es algo que solo se consigue a través de diferentes experiencias y contextos: jugar con iguales, con niños más mayores o más pequeños; hacer cosas que uno hace muy bien o participar en juegos de azar en los que ganar depende de la suerte.

Expresar el enfado y la frustración cuando se pierde es positivo, pero a esta edad ya puede controlar sus impulsos y puede empezar a razonar un poco antes de actuar.

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