10 de mayo

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Cristian Villalta - Gerente Editorial de grupo LPG

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Aunque las letras que pueda juntar para contar lo que siento por ella nunca serán suficientes, con su permiso les contaré sobre mi madre.

Crecí en uno de los pasajes contiguos al cuartel San Carlos, en ese anillo suburbano que algunos conocen como la Layco, otros como La Rábida y al que incluso se denomina ambiguamente como ahí por la Luz del Mundo.

Pero en mi infancia, de luz ahí sólo ratitos toda vez que las actividades extracurriculares de los universitarios durante buena parte de los ochenta incluyeron dinamitar la estructura eléctrica dos cuadras arriba y dos cuadras abajo de mi casa. Un par de los postes todavía exhibe cicatrices de esa década.

En aquellas noches, bastantes de ellas con toque de queda, el entretenimiento era ver en televisión cualquier cosa menos el noticiero de Coprefa. Sin embargo, una vez escuchabas el bombazo calle arriba o calle abajo, a veces seguido del tiroteo y de las botas en tropel, lo que procedía era sentarnos en lo que siempre creí era el ombligo de la casa, un pasillo cercado por tres paredes, a confiar que nunca entrara una bala perdida.

Ahí escuchamos de todo, desde tepezcuintles hasta coches bomba, pero sobre todo las historias de boca suya, entreteniéndonos a mi hermana y a mí con relatos que iban desde sus recuerdos de infancia en el Chaparrastique hasta sucintas y tropicalizadas versiones de las toneladas de libros que consumió desde que pudo. Y quizá afuera había tiros pero en la casa, ella nos hablaba sobre lo estricto de don Pedro Geoffroy, el color de los ojos de Salarrué o lo elegante que fue Claudia Lars.

De ella he aprendido más de lo que he heredado. Me heredó una miopía que he cultivado con algo de astigmatismo y otro poco de hipermetropía, y un gusto omnívoro por la lectura. Pero lo que aprendí de ella me ha sido más útil que el conocimiento de Alejo Carpentier, García Márquez o Cortázar: aprendí que la oscuridad es sólo un paréntesis, que lo más valioso en la vida cabe en los centímetros en que abrazas a tu familia y a no vivir con miedo.

Ella y sus contemporáneos conocieron los horrores del terrorismo de Estado, debieron educar a sus hijos entre la ignominia de unos y otros y consumaron, no todos con éxito, el reto de salvar no sólo la vida sino el espíritu y la moral de la siguiente generación. ¿Cómo educas y preparas a alguien para conquistar sus sueños cuando el país en el que te mueves es una pesadilla? Con amor.

Jamás me enseñó a poner la otra mejilla más que para una caricia y un consuelo. Pero si uno es aquello mismo en lo que cree, nunca te perdonarás no defenderlo. Eso también se lo aprendí.

Los recientes han sido días difíciles, hay una tensión espesa en el ánimo de muchos de nosotros. A algunos les cabrea la intimidación, la vulgaridad de la matonería; a otros lo que les choca es la insulsez. Cortázar dividió al mundo en cronopios, esperanzas y famas; Borges escribió varios bestiarios y una historia universal de la infamia; ninguno habría encontrado palabra para calificar lo que ocurre ahora afuera de la ventana.

Yo me atrevería a compararlo, si acaso, con un cuentecito en el que después de que el barbero da con un papel cerca del viejo molino, se desata un contagio que termina con todo el pueblo convertido en una inmensa porqueriza. Pero qué Menen Desleal ni qué ocho cuartos, por como soplan los vientos el mismísimo texto constitucional de 1983 se unirá pronto a lo mejor de la literatura fantástica salvadoreña.

No es una zozobra minúscula, sólo los haraganes o los rufianes pueden relativizar lo que ocurre. Pero si en el corazón nos han sembrado lo que ella a mí, entonces decir lo que se piensa y hacerlo con claridad, llamando por su nombre a las cosas y a las personas y viendo a los ojos a los que nos insultan, es la única posibilidad.

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