100 horas de guerra

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14 de julio de 1969. Lunes, 5 p.m. La tensión creada entre El Salvador y Honduras por el trato que se les estaba dando en aquel país a los millares de inmigrantes salvadoreños que allí residían desembocó en un choque armado. Aquella tarde yo había ido al Cine Roxy, sobre la 29ª. Calle Poniente, a ver una película titulada “Extraño Accidente”. Curiosa advertencia. A media función se encendieron las luces y se anunció que había que desalojar la sala por emergencia nacional. Cuando llegué a mi casa, muy cerca de ahí, me enteré de lo ocurrido. Los combates duraron 4 días, y por eso se llamó la Guerra de las 100 Horas, aunque algunos la calificaran erradamente como la Guerra del Fútbol, por un tenso partido que tuvo lugar en aquellas fechas. La OEA hizo lo suyo para que los combates cesaran, y poco después comenzaron los esfuerzos para sellar la paz. Desde 1973 estuve inmerso en esa dinámica pacificadora, hasta que se firmó el Acuerdo en Lima, Perú, el 30 de octubre de 1980. Como siempre ocurre, superar los trastornos de la violencia es tarea complicada y dilatada. Y quedó pendiente la definición del tema fronterizo, tarea espinosa al máximo. En eso estuve trabajando hasta 1989, cuando me incorporé a la labor pacificadora interna, que culminó el 16 de enero de 1992 en Chapultepec, México. Este 14 de julio se cumplen 48 años de aquella trágica experiencia. Casi medio siglo. El tema migratorio ya no sería motivo de fricciones entre nuestros países, porque la emigración salvadoreña desde hace mucho tiempo buscó la ruta del Norte, a tratar de alcanzar de veras un futuro mejor en la primera potencia mundial. Las cosas no son fáciles, y ahora lo son menos; pero es otro el horizonte, pese a todo.

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  • guerra de 100 horas
  • Honduras
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