15 de junio: Día de la toma de conciencia contra abuso y maltrato en la vejez

Bueno, el solo hecho de llegar a viejos, en estos tiempos tan contaminados, violentos, angustiosos, empobrecidos, frustrantes, llenos de injusticias, de corrupción, etcétera; digo, pues, ya es gran ganancia y bendición llegar a la tercera, cuarta, quinta edad o más edad.
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Llegar a viejos en el estado de cada cual es como la salvación del alma de cada cual (en el Cristianismo). Nos hemos hecho acompañar de otras personas a través de la vida; amamos y nos amaron, hicimos el bien e hicimos el mal; nos equivocamos de a galán y varias veces, tropezando incluso con las mismas piedras. Hubo un tiempo en que se nos olvidó que llegaríamos a viejos, y nos dedicamos a derrochar tiempo, salud, edad, honor, oportunidades, dineros, ¡y qué! Éramos con dinero o sin dinero, los reyes. Jamás practicamos el hábito del ahorro. Perdíamos capitales en locuras, en amoríos inconvenientes, en juegos, en borracheras, en arrebatos, ¡bah! Que nos paseábamos en el honor de una cipota, que abandonábamos hijos, mala suerte; que ni creíamos ni aceptábamos que el alcoholismo fuera una enfermedad y que el tabaquismo fuera malo, o que el abuso del sexo nos podría facturar en la vejez, ¡pamplinas!; que como a nosotros nos criaron a pura reata, pues a darles hasta debajo de la lengua a nuestros hijos por cualquier cosa como quebrar una taza o por mostrar malicia –ya siendo adolescentes– al ver a otro adolescente del sexo opuesto; que la hija salía embarazada, ¡a la calle!... o el colmo de la inconsciencia, el abuso sexual a niños y niñas.

¿Y qué insinúo con el párrafo anterior? ¡No insinúo, sino que afirmo que lo que el hombre siembra eso cosecha; que si siembras vientos cosechas tempestades; o sea que tu vida anciana será ni más ni menos que el reflejo de tu vida manceba!

Hasta aquí, correcto. Pero ahora viene el contrapeso de la situación, que es moldeada y suavizada únicamente por la obra de Dios en los seres humanos. Al tener cerca a una persona anciana, débil, pobre, enferma, sola, vulnerable, incapaz, y máxime si es nuestro familiar, solo el Altísimo tiene el poder de permitirnos alzarnos en la estatura de Cristo para perdonar al anciano y al tiempo, para no invocar ya más los daños que nos hicieran en los años de su peor inconsciencia; y regodearnos en que nuestro postrer estado es mil veces mejor a aquel en que sufrimos y lloramos de impotencia; y ver que Dios no se queda con nada y muda los tiempos, y que cambió nuestros antiguos lamentos en baile, nuestras tristezas por alegrías y nuestras lágrimas por sonrisas, y que hoy día tenemos vida, vigor, vitalidad, energía y lo todo material para vivir plenamente; por tanto, en pago a tanta bondad del cielo, mínimo debemos ser gigantes del amor, del perdón y de la misericordia para no pagarles con la misma moneda, porque esta vida es una tómbola y un día también vamos a ser ancianos vulnerables como ellos, y nuestro peor pecado habría sido el negarnos a ser misericordiosos con ellos.

Lo que pasó, pasó, mala suerte si nos quedaron huellas feas; pero maquillémoslas con el amor y el perdón (que también necesitamos nosotros eso por parte de Dios); no atropellemos a los ancianos, no los marginemos, no les echemos en cara cosas que a lo mejor su senilitud les ha borrado de la mente; sirvámosles, atendámoslos, honremos sus canas y sus arrugas, teniendo en cuenta que están viviendo las últimas horas de su existencia.
 

Tags:

  • maltratos
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