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2020 el posible año imposible

Carlos Gardel lo inmortalizó al afirmar que veinte años –veinte siglos– no es nada, que "es un soplo la vida", que volver con la mente marchita al pasado es también encarar el futuro. Arribar a 2020 era una utopía futurista cargada de ciencia ficción para una juventud que dejó sueños y sangre en décadas de compromiso social y lucha por un mejor país.

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David Hernández

David Hernández

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Ahora que han muerto las utopías y habitamos la era de las distopías digitales, del Twitter fácil, del Facebook despersonalizado y del selfi castrante, parece una antigualla aquella concepción democrática de cambios sociales, sustituida por una vida loca más light, que opaca la cruda y espeluznante realidad con espejismos de templos de consumo y que a falta de garras, le sobran delirios de grandeza, demagogias populistas y un cargamento de perogrulladas tenidas por certezas.

Cayó el muro de Berlín, se derrumbaron las torres gemelas de Nueva York y hasta Notre Dame en París ardió. En el país, víctimas de sus propias corrupciones, arrogancias, robos y mesianismo, los partidos políticos tradicionales y sus políticos de opereta pasaron al basurero de la historia. Ni siquiera tuvieron el decoro de disculparse por las miles de historias de muerte, ergástulas, sufrimiento y exilio, asumiendo su responsabilidad por haber destruido un proyecto histórico de medio siglo construido a base de sangre, sudor y lágrimas.

Es como si la era aquarius tan recurrente hubiese llegado a nuestras calles y conciencias y nos gritara de golpe que el mundo y el país han cambiado, y que las actuales realidades llegan plenas de nuevas tecnologías, falsos mesías, nuevos bastardos.

Ante nosotros el nuevo año, la nueva realidad y una nueva historia confusa. Mientras arde Latinoamérica por el colapso del neoliberalismo y del socialismo del siglo XXI, China despunta como hiperpotencia planetaria, Rusia se decanta como potencia atómica e hipersónica y Estados Unidos se debate en sus conflictos políticos internos; Europa se divide como un espejo quebrado. China y Rusia dejaron de ser socialistas y constituyen una forma novedosa de capitalismo de Estado con partido único, con ecos del clásico Estado fascista de monopolio plutocrático más control político y policial. Ello no es consuelo alguno para los países de la periferia, pues los faros identitarios de progreso, democracia e igualdad entre las naciones alumbran ahora hacia la inmensidad de la mar océano, donde espera el naufragio.

Latinoamérica nunca estuvo incluida en esas epopeyas globalistas coloniales, explotación de recursos naturales y robo de la riqueza nacional por las transnacionales sin consultar su propia opinión. Y si hoy solo queda la certeza del descontento generalizado, se debe sobre todo a las resistencias de larga duración del inconsciente colectivo de estos pueblos y naciones subyugados desde siempre, que afloran una y otra vez a la superficie.

El año bisiesto y cabalístico 2020 es toda una proclamación de fe, provocación numérica y esperanzas a pesar de todo. Porque como cierra el tango, el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar, aunque el olvido, que todo destruye, haya matado la vieja ilusión.

Razón para acotar una disidencia al margen del gran libreto: la historia continúa impertérrita. Vivan entonces los marginados de este festín de las hienas, los condenados de la tierra.

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  • utopía
  • cambios sociales
  • partidos políticos
  • Estado
  • Latinoamérica
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