24 años después de la firma del Acuerdo de Paz, hay que revisar lo ocurrido, lo que ocurre y lo que podría ocurrir después

¿Qué queremos como futuro los salvadoreños de este preciso momento histórico? De seguro vivir en paz, vivir en seguridad, vivir en desarrollo. Si es así, habría que trazar cuanto antes las rutas que conduzcan a tales metas.
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Parece que fue ayer aquel 16 de enero de 1992, cuya mañana soleada y vibrante vio la firma del Acuerdo de Paz que le puso fin a nuestra guerra interna. Era el Castillo de Chapultepec, en la capital mexicana, y la ceremonia, de esplendor inusitado, resultó un final de película para un larguísimometraje de sufrimientos, expectativas y sorpresas de recorrido. La primera de dichas sorpresas fue que la guerra estallara en el terreno, cuando casi nadie creía que eso fuera posible por la configuración geográfica del país. La segunda sorpresa vino traída por la imprevisibilidad del tiempo: la guerrilla, despistada por el caso nicaragüense, lanzó el 10 de enero de 1981 su “ofensiva final”, pero la guerra duró 11 años más. Y la tercera sorpresa llegó con la solución política, cuando la solución militar se hizo imposible: clímax providencial. ¿Cuál es la moraleja de todo ello? Que la realidad tiene razones que la fantasía política no entiende.

Inmediatamente después de haberse abierto el escenario de la posguerra, que fue sin duda la misión principal del Acuerdo de Paz, los salvadoreños nos desentendimos del desafío en pañales, como si las reconversiones que el país necesitaba se pudieran dar por impulso mecánico. En lo que a seguridad se refiere, no se dio ningún análisis preventivo sobre lo que podría venir, aunque las primeras señales del fenómeno antisocial estaban apareciendo. En cuanto al despegue económico, si bien hubo un repunte impulsado por la liberación de energías que trajo el final del largo conflicto constrictor, todo se quedó a medias: el reajuste estructural pasó así a mejor vida, que era la peor vida para los salvadoreños. Y hoy estamos cosechando, si es que se puede hablar de cosecha cuando lo que hay son escombros supervivientes, todos esos desatinos. ¿Moraleja? Lo que no se hace a tiempo sí se tiene que pagar a tiempo.

Ahora estamos en una especie de plataforma que mira hacia el inmediato futuro. Y por consiguiente hay que plantearse, en primer lugar, la imagen de futuro que nos proponemos. Esto es lo que nunca se ha hecho, porque para los salvadoreños, por tradición, el pasado es una sombra y el futuro es una nebulosa; y eso hace que el presente nos parezca una estancia que no tiene raíces ni ramas. Pero el futuro existe; y aunque no podamos conocerlo de antemano en todos sus perfiles y detalles, representa el motor atractivo que nos invita a seguir adelante. ¿Qué queremos como futuro los salvadoreños de este preciso momento histórico? De seguro vivir en paz, vivir en seguridad, vivir en desarrollo. Si es así, habría que trazar cuanto antes las rutas que conduzcan a tales metas. Y esas vías arrancan de un propósito bien definido y bien acordado. El futuro nos exige, con voces cada vez más altas, proyectarlo en común.

El hecho de que nunca antes se haya dado un esfuerzo planificador que se active en función verdaderamente nacional hace que mucha gente se apunte al escepticismo y al pesimismo. Se oye decir con frecuencia que el país no tiene futuro confiable y que entonces sólo quedan dos opciones: resignarse o escapar. Esa es la peor trampa de todas: la trampa existencial. Hay, pues, que ingeniárselas y desplegar el método para reconquistar voluntades, no a favor ni en contra de nadie, sino en pro de la comunidad en su conjunto, que es a la que pertenecemos todos.

Aquí sobresale el desafío que tienen los liderazgos nacionales de todo tipo, y que sistemáticamente se han hecho los desentendidos ante la tarea que por su propia naturaleza les corresponde. Los liderazgos están ahí para inspirar propósitos y para trazar líneas de acción. Hasta la fecha, su egolatría autista los ha mantenido al margen de la realidad general, enclaustrados en la rueda de sus intereses. Y las ideologías mal asumidas han venido a complicar más las cosas. Es hora de hacer los reciclajes correspondientes, tanto en las ideas como en el accionar.

Si los salvadoreños nos empeñamos como se debe, hay vías disponibles para salir adelante. Por fortuna, la ciudadanía en mayoría viene asumiendo de manera progresiva su rol movilizador de la renovación democrática. Ya no sólo ejerce la fundamental función del voto, que ha cumplido a lo largo del tiempo con ejemplar responsabilidad, sino que participa en el día a día institucional con creciente voluntad de hacerse valer. Ojalá que 2016 traiga más novedades constructivas en este orden y que eso abra mejores posibilidades de futuro.

Tags:

  • acuerdo de paz
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