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Para la cosmovisión maya, la finalización del Baktun XIII marca el inicio de un período que debe ser ocasión propicia para comenzar una era mejor.
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Sin lugar a dudas la conmemoración de ciertas efemérides puede servir de motivación para revisar aciertos y errores que han conducido a la situación actual de la región, en la que una inmensa mayoría de sus integrantes no consigue –todavía– los niveles de calidad de vida indispensables para desarrollar al máximo sus capacidades.

La ausencia de guerra civil, construida con tanto esfuerzo durante las últimas décadas, no ha traído una paz que se haya traducido en progreso suficiente para todos.

Las instituciones democráticas no son aun todo lo sólidas para resistir los embates de los intereses que las encuentran incómodas para sus apetitos; no obstante, venirse dando procesos electorales cada vez más eficientes y transparentes. Las recientes crisis son un indicativo de ello; pero también una oportunidad para reforzar una institucionalidad democrática que no se circunscribe a la dimensión política.

La madurez de los actores de la sociedad civil es creciente, pero aún falta para que puedan desplegar todas sus potencialidades en beneficio del bien común. Existen aún colectivos que no están suficientemente integrados en los procesos de tomas de decisiones como los indígenas y las mujeres. Un número no menor de jóvenes no se siente cómodo en las actuales estructuras socioeconómicas y ellos no son solo el futuro de sus países, sino ya son su presente.

La economía, que ha repuntado después de la crisis financiera internacional, llega a ser de vanguardia en ciertos nichos productivos mientras que en el mundo rural y en la informalidad, parece que nos encontráramos aún en el siglo pasado.

Merece destacarse la última Declaración Conjunta de los Jefes de Estado de los países miembros del SICA, firmada hace unos días, donde destacan que “la pobreza persiste en la región y continúa la inequidad, el hambre, la malnutrición, la falta de trabajo y empleo precario”.

Ante ellos los líderes de políticos han acordado “avanzar hacia una Agenda para el Desarrollo (…) que promueva el progreso social y económico incluyente. Dicha Agenda deberá incorporar la generación de empleo productivo y trabajo decente como la prioridad más acuciante para impulsar la gobernabilidad democrática y el desarrollo sustentable”.

El empleo y los principios y derechos fundamentales en el trabajo deben ocupar un lugar central en la agenda para el desarrollo de las naciones del istmo para lograr progreso con justicia social en una democracia que entrega a los ciudadanos los bienes públicos que esperan de ella y les permite oportunidades de progreso en pie de igualdad.

La educación y la formación profesional son centrales en un mundo cada vez más caracterizado por la economía del conocimiento y toda inversión en ellas es poca.

El diálogo social es indispensable para generar los consensos indispensables para avanzar en una agenda de desarrollo centrada en el empleo y el trabajo, a la cual se refieren los jefes de Estado en su última declaración conjunta en el marco del SICA.

En tal diálogo las organizaciones sindicales de trabajadores y las representativas de empleadores tienen un rol que jugar para fortalecer la democracia política, económica y social de la cual son actores principales.

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