800 respuestas a mi pregunta para Nayib

En la edición electrónica de este periódico, mi columna pasada recibió 494 “me gusta”, 49 comentarios, 11 Twitters y dos g+1; a mi computadora llegaron 20 correos; en un espacio de Facebook llamado “Abre los ojos”, la copia del artículo mereció 287 “like”. En total 863 personas se tomaron el trabajo de expresarse en torno al planteamiento que le hice a Bukele, de si Cristo es el único Dios.
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Guardó silencio, porque no se atreve a confesar en público su filiación mahometana. La inteligente salida la ha proveído el padre, Armando Bukele, que en torno a su millonario programa “Aclarando conceptos” convocó a un grupo ecuménico de diversas denominaciones cristianas, más él, musulmán, donde se sostuvo que no deben traerse al país resentimientos de otros lugares que enturbien la armonía, la convivencia que buscamos.

Olvidemos, pues, las cruentas guerras racial-religiosas en Sri Lanka, o la de independentistas contra rusófilos en Ucrania. Bien. Ignoremos el mar de sangre allí derramada.

Quizás podrían interesarnos las matanzas y persecuciones contra cristianos, las quemas de sus iglesias en Níger, Nigeria, Sudán y otros países africanos, por hordas o gobiernos musulmanes, pero no permitamos que perturben nuestra tranquilidad.

Debemos mantenernos ajenos a los conflictos entre los venezolanos o cubanos, porque no es lo mismo la libertad para ellos que para nosotros.

Al menos así entiende uno de mis lectores en su e-mail. No comprendo, dice, su concepto de libertad. Aboga por la libertad en la cultura cristiana y condena la libertad en otras culturas.

Jamás he dicho ni afirmaría tal cosa. La libertad carece de apellido. Es libertad o no lo es. Bajo el cristianismo se conculcaron salvajemente las libertades durante 14 siglos, especialmente con la Inquisición. Pero eso terminó, por cierto no gracias a la religión, sino a sus ilustrados críticos, ante todo los liberales. En otras religiones, nunca se han dado semejantes formas de violencia, salvo aislados conflictos internos. Ninguna religión como tal ha iniciado guerras de conquista, ni creado despotismos, menos las llamadas “orientales”, donde destaca el brahmanismo. y su principal derivación, el budismo, con sus formas nacionales, por ejemplo en China y Japón. Son doctrinas de paz, espiritual y social.

Bajo el islam, en cambio, se han cometido violaciones espantosas desde que apareció hace unos 13 siglos, se están realizando y se seguirán ejecutando hasta el fin de los tiempos, porque no son irregularidades, sino monstruosidades permitidas por la ley religiosa, que es la misma laica.

El islam desde que nació se propuso conquistar el mundo. Para eso concibió la yihad, la guerra santa, con la cual a partir de su comienzo en Arabia invadió el norte de África, arrasando la floreciente civilización romano-cristiana, cuya figura más respetable para nosotros es San Agustín; y de cuyos tesoros culturales destruidos, el de mayor valor fue la biblioteca de Alejandría. Después llegó hasta el norte de España (que necesitó una guerra de 800 años para liberarse) y el sur de Francia, donde lo frenó Carlos Martel en la batalla de Poitiers, sin lo cual habría conquistado Europa entera.

Recordemos de pasada que no todo fue destrucción. La conquista islámica dio enormes aportes culturales, materiales y científicos.

Pero lo que no obtuvo con la guerra santa lo está logrando hoy mediante infiltraciones dizque pacíficas, en realidad siguiendo estrategias precisas, con financiamiento ilimitado, cuyo fin último es tomar el poder político.

Como dijo una aterrada intelectual norteamericana, lo que debemos hacer para que eso suceda es: ¡nada! O con una fórmula salvadoreña mejor: ilusionarnos de que defendemos la libertad de cultos y la armonía social.

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