A Gaby con cariño

Te confieso, amada nietecita, que tu incipiente belleza y donaire me han dejado en sumo grado sorprendido, pues a temprana edad posees esos atributos, matizados de efímero candor.
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Seguirás en el devenir del tiempo siendo la musa inspiradora de excelsos poetas que te dedicarán ingeniosos sonetos, hermosos madrigales o exquisita prosa poética, aunque ya no estaré para escucharlos o leerlos.

Lamento, eso sí, que la madre naturaleza no me concediera el numen requerido para que fuera yo mismo, tu abuelito, el autor de esas futuras joyas literarias.

Quiero decirte que antes que nacieras (tú lo sabes mejor) eras un refulgente lucerito diamantino que expendías tus fulgores en las noches luminosas del estío y que junto a los miles de astros separaban con su tenue luminosidad la bruma que impedían la visibilidad para admirar escarpadas cordilleras y serranías adyacentes a las playas marinas.

En fin, cómo desearía estar a tu lado observando y escuchando a una parvada de peteneras con jilgueros de exótico plumaje entonando melifluos cánticos o melodías en canoras tonalidades.

Quisiera para concluir que observaras junto a mí el ocaso del sol dejando en el horizonte un extenso color rojizo cuando parece dirigirse a reposar en el lecho marino, como si fuera un idilio eterno entre la oscuridad y la luz.

Tu abuelito.
 

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