A cinco meses de que se consumen las elecciones más próximas no hay tiempo que perder para lograr que la contienda le sirva al país

Desde que inició esta etapa de posguerra los comicios legislativos y municipales de marzo próximo serán los novenos del mismo tipo en fila cronológica, lo cual indica que hemos vivido prácticamente en constante expectativa electoral, con todas las acciones y reacciones que eso trae consigo.

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David Escobar Galindo

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Eso ha inducido a decidir la extensión de los períodos tanto de los diputados que forman la Asamblea Legislativa como de los concejos locales, lo cual entrará en vigor en el futuro próximo. Lo que se mantiene es el período presidencial, que está en su justo término, ya que el término de seis años que existía antes resultaba muy extenso y el término de cuatro años que se da en otros países es sin duda muy corto, lo cual induce a la reelección, cuando esta es legalmente posible.

Dentro de la lógica propia del desempeño democrático, la competitividad es un elemento muy saludable, si es que se maneja como corresponde a una práctica constructiva. La competencia deriva, por efecto natural, de la característica esencialmente pluralista del esquema de vida en libertad. Y aquí tenemos que recalcar, una vez más, que la vocación normal de las sociedades humanas es reconocerse como entidades plurales, ya que cualquier propósito o mecanismo uniformador es en todo caso una apuesta a la deformación. Y cuando el pluralismo y la democracia funcionan en alianza virtuosa se posibilita la normalidad en todas sus expresiones, como se percibe en los países que han logrado un progreso sostenido y una estabilidad segura.

Pero hay que determinar con la mayor propiedad posible lo que debe ser una competitividad realmente democrática y democratizadora, ya que es básico que la misma sea un contraste positivo y no una confrontación negativa. Esto último es lo que venimos viendo en nuestro ambiente desde que la democracia emprendió su trayectoria como tal hace ya casi cuatro décadas, y por eso está en permanente cuestión el desempeño real del quehacer democratizador en nuestro sistema político. ¿Hay democracia o no hay democracia en el país? Sí la hay, pero “a tragos y rempujones”, como se dice en el habla popular. Y es así porque los salvadoreños no acabamos de aceptar el pluralismo como un hecho estructural sin escapatoria. Si lo aceptáramos podríamos decidirnos a administrarlo inteligentemente.

La llave maestra para que el pluralismo se desenvuelva de manera constructiva, proactiva y creativa tiene nombre: respeto. Los sectores tienen que respetarse, las organizaciones tienen que respetarse, las fuerzas políticas tienen que respetarse... Pero aquí hay que agregar un componente insoslayable: el respeto se gana. Y en la democracia el respeto hay que ganárselo viviéndolo. Imaginemos los beneficios que obtendrían tanto el país como su proceso si todos, sin excepción, comenzáramos a practicar el respeto como norma de vida. Y estas elecciones, con todo lo crispadas y decisivas que son, podrían ser una prueba de fuego en la reconstrucción de la racionalidad que necesitamos. Racionalidad, racionalidad, racionalidad... Repitamos esta palabra hasta que se nos grabe.

Las elecciones que vienen son una oportunidad extraordinaria para poner el escenario nacional en una dimensión democrática verdaderamente promisoria. Y si esto se logra en los hechos daríamos un paso adelante sin precedentes en nuestra evolución que viene estando tan expuesta al acoso traumatizante. Los partidos tienen que responsabilizarse de lo que resulte de esta experiencia que es mucho más que una situación electoral común; y si lo hacen recibirán el voto de confianza de la ciudadanía, que es estratégicamente más valioso que el voto que se deposita en las urnas. Ojalá que las fuerzas políticas, independientemente de su ubicación ideológica, entiendan el mensaje de la realidad.

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