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A escala de la comunicación, el bitcóin ya es un fracaso

Creyéndose el cuento de que sus triunfos electorales y su capital político son un legado directo del márketing social -como si la historia de la política salvadoreña fuese apenas una anécdota que no aplicara ni explicara su persona-, el presidente decidió meter todas las fichas del proyecto bimonetario en el mismo canasto: mensaje sin réplica, canales unidireccionales, cero debate y cero concertación. El resultado queda inmortalizado en la imagen de varios soldados protegiendo una caseta para que los ciudadanos no la manchen como expresión de su descontento.

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Dentro de algunos años, se hablará del bitcóin no sólo como un ejemplo de qué no hacer en política económica sino también de qué no hacer en estrategia de la comunicación. Del primer ángulo de este tema, los resultados hablarán elocuentemente; sobre el segundo, se resumen en que Bukele confundió el medio con el mensaje, y así le ha ido.

El envase con que el presidente llamó la atención cuando alcalde capitalino, haciéndose ver como un producto novedoso, moderno y disruptivo, tuvo más que ver con sus maneras y métodos que con su contenido. Esos métodos incluyeron el recurso a las redes sociales como principal plataforma de comunicación, en oposición a los medios tradicionales, así como un lenguaje connatural al público objetivo y a los códigos estéticos inherentes.

Pero lo que le valió su triunfo electoral primero como presidente y después el de sus títeres legislativos y víctimas municipales no fue la táctica comunicacional, la eficiencia en la interactividad y tantas otras variables del mundo digital ni tampoco el dominio de la conversación social, sino su condición de ariete que blandir contra la partidocracia tradicional, responsable de la defraudación del erario e incapaz de resolver los principales problemas de El Salvador. Fue esa calidad, la de una tercera fuerza viable y con posibilidades de triunfo, la que le facilitó lo primero y no al revés.

Ya en el poder, Bukele continuó prefiriendo el megáfono social para atacar a sus adversarios y distraer al público de las insatisfacciones nacionales, las dos principales tareas en que ha invertido sus energías. La pandemia lo obligó a incluir a la televisión dentro de su mix de medios, aunque utilizada de un modo poco tradicional, más como una cámara indiscreta que abrió una ventana a la intimidad del trabajo de su gabinete o a la recreación de ese efecto.

La pandemia arrecia pero en el imaginario salvadoreño la vacunación supuso una interrupción de la amenaza viral. Siendo así, el bitcóin y la reinvención de la República, ambos divertimentos programados para septiembre, son los primeros dos grandes contenidos de Bukele para celebrar el artificial triunfo sobre el covid-19.

Creyéndose el cuento de que sus triunfos electorales y su capital político son un legado directo del márketing social –como si la historia de la política salvadoreña fuese apenas una anécdota que no aplicara ni explicara su persona–, el presidente decidió meter todas las fichas del proyecto bimonetario en el mismo canasto: mensaje sin réplica, canales unidireccionales, cero debate y cero concertación. El resultado queda inmortalizado en la imagen de varios soldados protegiendo una caseta para que los ciudadanos no la manchen como expresión de su descontento.

En algún momento, al diseñar la trasnochada idea del bitcóin como moneda de curso legal, Bukele cedió naturalmente a la vanidad y simplificó el reto del criptoactivo a publicidad personal más divulgación social más repetición por los canales oficiales. Hoy que la población le devuelve la idea con muecas entiende, tarde, que reclutar votos y simpatía de un público desencantado no es lo mismo que empujar una política pública que depende absolutamente de la aprobación, confianza y educación de la gente.

Sólo le resta buscar una salida decorosa, lo cual a estas alturas es poco probable, u ocultar al bitcóin para que la iniciativa muera un poco todos los días como pasó con el petro en Venezuela, o con las tarjetas de los parquímetros en ciertas zonas de San Salvador hace algunos años.

La pregunta que laterá inquieta en pos de respuesta en la mente de la ciudadanía a partir de la próxima semana será ¿quiénes fueron los beneficiarios de un proyecto perdedor a todas luces?

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Tags:

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