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A estas alturas de la evolución política regional y nacional ninguna expresión de radicalismo es sostenible

Pero en cualquier circunstancia hay siempre que mantenerse en guardia frente a las tentaciones de la radicalización, por opacas que parezcan en momentos determinados.
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Por reiterada experiencia histórica se sabe que las tentaciones extremistas nunca dejarán de estar presentes en el campo de la política, sin distingos de épocas, de latitudes, de ideologías y de niveles de desarrollo. Este es un fenómeno que responde más a impulsos de la naturaleza humana que a características de lugar o de tiempo. En lo referente al ámbito de la izquierda, hemos visto en América Latina cómo repuntó el populismo allá a fines de los años noventa del pasado siglo, con todos los trastornos que eso ha acarreado en los años siguientes; y en lo que toca a la derecha, lo que estamos viendo en la campaña presidencial estadounidense es una expresión de la insistencia del radicalismo en hacerse valer.

Pero por fortuna el fenómeno histórico va dejando sus pautas en el camino, y lo que hoy va quedando cada vez más en claro es que los proyectos contaminados de extremismo, sean cuales fueren las variantes que se les quieran adjudicar, no sólo se han vuelto cada vez más inmanejables sino que ponen en riesgo progresivo la estabilidad y la viabilidad de los regímenes en los cuales se sostienen. Aquí, como hemos destacado antes, no se trata de sesgos por razones ideológicas: todo radicalismo acaba pareciendo los mismos males. Lo que está más a la vista en las circunstancias actuales de nuestra región es el radicalismo de izquierda y por eso hacia él se enfocan los más potentes reflectores críticos.

El caso de El Salvador es muy ilustrativo al respecto, desde cualquier ángulo que se le mire. Para empezar, nosotros lo que hemos tenido es una alternancia normal en el ejercicio del poder político, de resultas del ejercicio democrático que caracteriza nuestra posguerra. La izquierda que tomó el relevo luego de 20 años de gobierno de la derecha, y muy especialmente desde 2014, es heredera directa de la antigua guerrilla insurgente, que tuvo que aceptar las reglas del juego competitivo a raíz del fin negociado de la guerra. Quizás si hubiera llegado al poder cuando el populismo dizque socialista estaba en sus mejores momentos chavistas se habría embarcado en una aventura radical sin tapujos. Hoy eso no se puede, porque ni hay condiciones políticas ni hay condiciones económicas.

Pero en cualquier circunstancia hay siempre que mantenerse en guardia frente a las tentaciones de la radicalización, por opacas que parezcan en momentos determinados. La democracia, para mantenerse saludable de veras y con garantías de ello, tiene que moverse en los ámbitos de la moderación, que no sólo debe ser política sino también social y económica.

Cuanto más moderados sean el juego de las posiciones y el dinamismo de las proyecciones mayores posibilidades habrá de lograr que la democracia dé oportunamente sus frutos. Hay que garantizar la sostenibilidad, sobre la base de la disciplina y del buen juicio. Todos estos son signos de sensatez, que siempre va de la mano con la moderación. Afortunadamente, el radicalismo, cualquiera que sea su forma y su vestimenta, está en crisis en todas partes, y ya no hay manera realista de disimular ese hecho histórico, que va liberando de tantas confusiones y perversiones. Esta, por supuesto, es una excelente noticia para la sana evolución.

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