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A fin de asegurar que nuestra sociedad se desenvuelva en forma realmente positiva es indispensable mover voluntades hacia la paz en todos los sentidos

La paz, entonces, es la suma del ejercicio de valores como la libertad, el respeto, la tolerancia, la solidaridad, la justicia y el orden; y, por ende, el resultado de una suma de factores que interactúan de manera coherente y sostenida, haciendo posible que la atmósfera nacional se vaya impregnando de motivaciones que alienten el cambio hacia lo mejor.
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En medio de los múltiples trastornos que se dan cotidianamente en el escenario nacional, se está haciendo sentir cada vez más la demanda ciudadana de un mejor accionar público y de una mayor transparencia generalizada en el ambiente. Y sin duda, aunque no siempre se exprese en esos términos, existe un reclamo de normalidad que se vuelve más y más imperativo, lo cual exige que se empiece a trabajar de inmediato para que las condiciones humanas y sociales entren en conjunción permanente hacia un mejor desempeño existencial para todos.

En estos pocos días de receso en las actividades cotidianas de la inmensa mayoría de la gente es oportuno traer a cuento el rol de la paz para el buen desempeño de la vida en todas sus expresiones. Casi siempre al hablar de la paz se tiende a ubicarla en un plano casi abstracto, cuando en verdad si algo tiene concreción vital en cualquier tiempo, lugar y circunstancia es la convivencia pacífica, que permite desplegar efectivamente todas las potencialidades humanas y sociales. Esto lo estamos necesitando más aún para poder enfrentar nuestras múltiples vulnerabilidades, como vemos ahora mismo con lo que se vive a raíz de los trastornos derivados de la emergencia sísmica todavía en curso.

Ya que en el ambiente hay tantos cuestionamientos sobre lo que verdaderamente ha significado la paz que selló el capítulo de la guerra, habría que dedicarle atención al hecho de lo que la paz significa como tal. Aquel fue un Acuerdo de Paz porque concluyó un conflicto bélico, pero lo que quedó como tarea es construir a partir de ahí una sociedad más humana, más progresista y más convivible, y por ende con mayores posibilidades de ser pacífica en el estricto sentido del término. La deuda histórica sigue pendiente, y las ansiedades ciudadanas se van sumando al respecto. Es hora más que sobrada de empezar a pagar de veras esa factura pendiente, para que el país entre sin vacilaciones en la era que se anunció con el Acuerdo de Paz.

En primer lugar, habría que reconocer sin reservas que la paz no es un estado idílico en el que todo parece surrealistamente impecable; en verdad cuando se habla de paz referida a las situaciones humanas en movimiento lo que hay que enfatizar es la necesidad de que se den en todos los ámbitos de la convivencia real condiciones propicias para que los valores positivos puedan actuar con propósito efectivamente reconstructivo. La paz, entonces, es la suma del ejercicio de valores como la libertad, el respeto, la tolerancia, la solidaridad, la justicia y el orden; y, por ende, el resultado de una suma de factores que interactúan de manera coherente y sostenida, haciendo posible que la atmósfera nacional se vaya impregnando de motivaciones que alienten el cambio hacia lo mejor.

Hay que recalcar el hecho de que lo primero siempre es el reciclaje de actitudes y de conductas, de tal forma que se vayan abriendo espacios propicios para que la sociedad lejos de ser un campo de batalla derive en un escenario para el convivio. El régimen de libertades que es connatural a la democracia constituye el mejor vehículo para que eso se vaya concretando en los aconteceres de la vida cotidiana, que donde todos participamos.

En verdad hay que animarse a activar esa cultura de paz de la que tanto se habla y a la que no se le apuesta de veras. Mentalicémonos al respecto para emprender una nueva ruta.
 

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