A la ciudadanía se le pide paciencia y comprensión; y la ciudadanía tiene derecho a exigir eficiencia y credibilidad

Lo ocurrido en estos comicios, cuyo desenlace definitivo aún está en veremos, con una tardanza sin precedentes, tendría que servir como ejemplo de lo que no debe ocurrir en el desempeño institucional.
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Los problemas logísticos que se han dado desde el primer momento de la elección que tuvo lugar el pasado domingo muestran a las claras que el país tiene problemas de manejo institucional que no sólo se presentan en este campo sino prácticamente en todas las áreas de la gestión pública. La conducta ciudadana es destacable por el hecho cierto de que no ha habido ningún brote de reclamo airado por las fallas aludidas, pese a que hay una comprensible expectativa por conocer los resultados electorales en un momento del país en que lo que más se está necesitando es seguridad para la estabilidad.

El déficit de eficiencia constituye, sin duda, un permanente obstáculo para que la dinámica nacional avance en la forma debida, y eso acrecienta las desconfianzas y desalienta los ánimos positivos. Lo que ha ocurrido con la deficiente administración de estos comicios tendría que servir de acicate para entrarle de lleno al tema de la eficiencia institucional, que sin duda merece mucha más atención que la que se le puesto hasta el momento. Está más que comprobado en los hechos que la mayor parte de las dificultades que nos aquejan derivan de fallas, carencias y debilidades de funcionamiento. Si la función, cualquiera que esta sea, no se realiza con la efectividad que se requiere, no es posible obtener resultados acordes con lo que se busca.

En temas específicos de primer orden, como son la seguridad ciudadana y el crecimiento económico, habría que asegurar, sin reservas de ninguna índole, que la eficiencia responde hasta las últimas consecuencias. Hay que monitorear constantemente el desempeño eficiente, y tal monitoreo debería estar a cargo, en primer término, de los mismos gestores institucionales, pero sin descuidar la opinión crítica que surge constantemente desde distintos ámbitos de la sociedad civil, que se posesiona cada vez más de su condición de mandante representado que tiene todo el derecho de exigir respuestas concretas a sus representantes en todas las áreas de la gestión pública.

En este caso tan concreto de los atrasos poselectorales se le pide a la ciudadanía paciencia y comprensión. Pero cuando algo se pide hay que ofrecer otro tanto a cambio. Y las autoridades competentes están obligadas a demostrar eficiencia y a generar credibilidad. Lo ocurrido en estos comicios, cuyo desenlace definitivo aún está en veremos, con una tardanza sin precedentes, tendría que servir como ejemplo de lo que no debe ocurrir en el desempeño institucional. Nuestro país está emproblemado en muchos sentidos, y bajo ningún concepto puede darse el lujo de seguir acumulando problemas funcionales.

La eficiencia es clave para el desarrollo en todos los órdenes y en todos los campos. Los desagües de la ineficiencia acaban por secar los diversos reservorios que son tan necesarios para que la sociedad pueda mantenerse saludable. Se ha fallado mucho en este punto a lo largo del tiempo, y los efectos de ello ya no pueden ser ocultados o disimulados. O nos volvemos eficientes como institucionalidad y como sociedad o seguiremos aumentando el saldo negativo en nuestra cuenta de progreso, que ya está en números rojos.

La inyección de positivismo siempre es bienvenida, pero tiene que surgir de los hechos, no de las palabras. Hay condiciones aprovechables para prosperar como país, pero eso sólo se dará si se dejan atrás las viejas prácticas regresivas y se le apuesta al futuro sin prejuicios.

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  • institucionalidad
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