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A la criminalidad organizada no sólo hay que perseguirla por sus actos ilegales sino irle cerrando todos sus accesos en el ambiente

En otras palabras, hay que perseguir sin tregua ni vacilaciones a todos aquellos que quebrantan la ley, sean quienes fueren y estén donde estén, y al mismo tiempo ir poniendo a la criminalidad organizada contra la pared hasta que ya no tenga ninguna vía de supervivencia.
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El auge de la criminalidad tiene al país en ascuas, y eso hace que el quehacer nacional en todos los órdenes se halle prácticamente secuestrado por las fuerzas de la delincuencia organizada, con todas las derivaciones perversas que tal estado de cosas trae consigo. Basta recorrer las diversas fuentes cotidianas de noticias para percatarse de la gravedad de lo que vivimos los salvadoreños, unos más que otros, pero todos expuestos a lo peor en cualquier momento. Lo que se percibe con lacerante nitidez es que el actuar criminal ha sobrepasado todas las barreras existentes, y tal avance agresivo viene manteniendo a la autoridad cada vez más a la defensiva, aunque en los últimos tiempos el mismo empuje de tal distorsión mueve redireccionamientos institucionales para atacar al crimen con más energía y determinación.

Persistimos en señalar que, como país, hemos estado y seguimos estando atrapados en un círculo vicioso que se complica en la medida que se le deja estar. Ese círculo vicioso se forma cuando no se activa lo que es necesario para que los distintos motores nacionales funcionen con todas sus energías disponibles ni se desactiva lo que está impidiendo que los dinamismos normales puedan garantizar una buena marcha hacia adelante. Es decir, vivimos en lo que se da en llamar “un mundo al revés”, donde lo negativo hace alegremente de las suyas mientras lo positivo la tiene cuesta arriba a cada momento.

En un panorama como el que tenemos, las fuerzas que buscan imponerse fuera de la ley van acumulando ventajas estratégicas que las fortalecen y las consolidan. Ante ello, que es la receta del fracaso anunciado para el estado de legalidad existente, es incuestionable que hay que actuar con inteligencia y eficiencia en dos planos complementarios: el de los hechos que saturan la cotidianidad y el de las estructuras agredidas por los diversos embates e infiltraciones del crimen. En otras palabras, hay que perseguir sin tregua ni vacilaciones a todos aquellos que quebrantan la ley, sean quienes fueren y estén donde estén, y al mismo tiempo ir poniendo a la criminalidad organizada contra la pared hasta que ya no tenga ninguna vía de supervivencia.

Lo anterior significa secarle al crimen sus principales fuentes de sostén, que son la extorsión masiva y la alianza con el narcotráfico. Dado el despliegue expansivo de tales acciones delincuenciales, lo que se viene como tarea inexcusable es un replanteamiento institucional a fondo. Limpieza de instituciones y rediseño de estrategias, de tal modo que la lucha sea con todo, a fin de trascender significativamente cuanto se ha venido haciendo hasta la fecha. Aunque se ven iniciativas para proyectar eficiencia en el trabajo de las instituciones encargadas de la lucha inmediata contra el crimen, lo que aún no se mira es la puesta en escena de esa nueva visión integradora sin la cual es prácticamente imposible redireccionar la situación nacional hacia lo que sería deseable.

Este, pues, es un momento clave para la suerte de la institucionalidad nacional; y, por derivación insoslayable, también lo es para la suerte del proceso democratizador y modernizador en el estamos inmersos, y del cual afortunadamente no hay alternativa factible. Que nadie lo pierda de vista.

Tags:

  • crimen organizado
  • ley
  • estado
  • institucionalidad
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