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A la inversión hay que rodearla de todas las facilidades que la estimulen

la cuestión crucial del crecimiento se vuelve un desafío de alta complejidad; y como para que haya crecimiento en la medida adecuada es indispensable asegurar un flujo de inversión que lo haga posible, habría que tomar todas las acciones que se orienten en esa vía.
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El tema de la inversión es sin duda uno de los más sensibles en la coyuntura histórica que vivimos, porque por más que se haya querido soslayar el hecho de que las dificultades económicas que el país padece tienen como raíz principal la falta de un crecimiento suficiente y sostenido, tal realidad se hace presente de inmediato al nomás emprender cualquier análisis sincero sobre lo que está pasando en estos días entre nosotros. El Salvador tuvo, en el pasado, en nuestra subregión, un claro liderazgo en el ámbito de la actividad económica, sobre todo en lo tocante a su dinamismo impulsor de progreso; pero, paradójicamente, cuando el régimen político obsoleto fue sustituido por otro fundado en la preeminencia de las libertades, la dinámica se revirtió, y a partir de los años 90 del siglo anterior hemos venido a la deriva y dando tumbos.

La paradoja es patente porque cuando el régimen de libertades se activa lo esperable es que las energías productivas tomen impulso, y en nuestro caso ha sucedido lo contrario. Al ir a rastrear las causas de ello lo primero que se manifiesta es el efecto inseguridad, que proviene de diversas fuentes, porque al respecto hay que considerar factores confluyentes como son la inseguridad ciudadana derivada del auge del crimen organizado, que es multifacético; la inseguridad política, proveniente de que las fuerzas en juego no han sido capaces de construir bases de entendimiento eficientes; y la inseguridad jurídica, resultante de que no hay predictibilidad sobre el acontecer del futuro inmediato.

Dentro de tal panorama, la cuestión crucial del crecimiento se vuelve un desafío de alta complejidad; y como para que haya crecimiento en la medida adecuada es indispensable asegurar un flujo de inversión que lo haga posible, habría que tomar todas las acciones que se orienten en esa vía. En primer lugar, crear condiciones realmente competitivas, con todos los atractivos pertinentes; además, dejar atrás los prejuicios sobre el nivel de ganancias legítimas de los que invierten; y desde luego garantizar las condiciones de funcionamiento normal en todos los sentidos. Y como elemento vital hay que asegurar que los incentivos concretos estén adecuadamente planificados, de tal modo que su efectividad pueda ser garantizada.

Hacer factible todo lo anterior exige que toda esta temática esté basada en acuerdos nacionales que recojan los insumos de todos los actores tanto políticos como socioeconómicos. Y si por algo no se avanza como requiere en este plano tan decisivo para el progreso y para la prosperidad es porque no se ha podido trascender el clima de desacuerdos que ya se volvió mal endémico y porque las resistencias de origen ideológico son trabas no resueltas, contra toda razón.

Necesitamos inversión fluyente y creciente, y lograr esto tendría que volverse un auténtico desafío de nación. En un mundo global en que las oportunidades se multiplican es incomprensible no hacer ni siquiera lo elemental para aprovecharlas.

Tomemos, pues, la decisión generalizada de volvernos destino de inversión, con todo lo que creativamente se requiera para ello. El futuro está aquí, y el presente tiene que servirle de plataforma.

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