A menos de seis meses para que se realicen las elecciones más próximas el país entero debe estar dispuesto a responder en forma seria a sus desafíos

Las campañas electorales, que durante tanto tiempo fueron simples simulacros de conexión con la ciudadanía, constituyen ahora oportunidades reales de fortalecer creativamente la participación ciudadana, tal como corresponde a un ejercicio democrático pleno.
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A principios de marzo de 2018 tendrán lugar las elecciones legislativas y municipales conforme al calendario electoral en marcha. Los partidos políticos están ya cumpliendo con las decisiones que corresponden a lo dispuesto en dicho calendario electoral, y en esa línea por ejemplo el partido ARENA ratificó el pasado domingo a sus miembros que optarán por llegar a la Asamblea Legislativa y por conformar los concejos municipales para el próximo período que se inicia el 1 de mayo del año por venir. Así las cosas, es perfectamente oportuno hacer, desde los distintos ángulos y espacios ciudadanos, las consideraciones pertinentes sobre lo que tanto las fuerzas políticas como las entidades ciudadanas tienen por realizar en este momento y en los meses que vienen para hacer valer sus estrategias electorales y para enlazar dichas estrategias con los desafíos nacionales que se hallan pendientes.

En primer término, todos los partidos políticos tendrían que tener muy presente que la ciudadanía se encuentra cada vez más posesionada de su rol como fuerza superior representada, y por consiguiente ya no acepta que las comunicaciones entre partidos y ciudadanía se cierren al concluir la campaña: lo que se demanda, cada vez con más intensidad y apremio, es que los elegidos en las urnas asuman su auténtico rol representativo, como corresponde en una democracia bien vivida.

Esto se vincula de manera consecuencial con lo que se espera de la gestión de los que lleguen a los puestos correspondientes; es decir, que los funcionarios, en todas las áreas y niveles de la Administración, sean efectivos representantes de sus electores y del conglomerado en general, para hacer factible la dinámica interactiva que permite el tratamiento adecuado y las soluciones funcionales de los problemas del país. Para que lo anterior pueda concretarse en los hechos es indispensable planteárselo y plantearlo como un compromiso que debe estar en la base del trabajo tanto en la fase electoral como en el desempeño de las labores en el cargo.

La campaña política ya está en el terreno, y tal anticipación, que tampoco es extraña en el ambiente si se compara con lo sucedido en eventos electorales anteriores, viene movida sobre todo por el hecho de que la elección presidencial se realizará un poco menos de un año después de las legislativas y municipales. Y este amplio período de trabajo electoral debe ser aprovechado para poner en evidencia los necesarios reciclajes tanto en los planteamientos para ganar simpatías como en los argumentos para atraer voluntades.

Es muy determinante para mantener al proceso democrático en buen estado que la política en todas sus formas y expresiones vaya ganando credibilidad popular conforme al legítimo sentido del término. Las campañas electorales, que durante tanto tiempo fueron simples simulacros de conexión con la ciudadanía, constituyen ahora oportunidades reales de fortalecer creativamente la participación ciudadana, tal como corresponde a un ejercicio democrático pleno. Esto es lo que tendría que manifestarse en esta doble campaña actual.

El país entero tiene que moverse en la dirección que le definen sus necesidades más sentidas e imperiosas. La campaña, entonces, debería ser un ejercicio catalizador de las energías nacionales que están esperando dirección para dar todo lo que tienen disponible.
 

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