A puerta cerrada (I)

Jean-Paul Sartre lo tenía claro: El infierno son los otros. Lo demostró encerrando en una habitación póstuma a tres personajes, quienes al esperar el castigo infernal terminan siendo ellos sus tormentos mutuos. A pesar de que la obra fue escrita hace más de 70 años, cualquiera pensaría que está inspirada en El Salvador de 2016.
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Para comenzar, el infierno siempre han sido los otros. Si bien enfrentamos el zika, el chikungunya, el cambio climático y hasta crisis económicas internacionales, la principal causa de muertes en los últimos años ha sido la mano de los mismos salvadoreños. Pasó durante la guerra civil, durante las dictaduras militares y durante los levantamientos indígenas y sigue habitando en nuestra gente un odio irracional al otro que ha desembocado en una nueva guerra. Ese sentir, tan característico entre pandillas, ha contagiado a la población que declara enemigos a los habitantes de territorios controlados por “los otros”. He allí por qué urgía tanto invertir en la educación de nuestra gente.

Así como están cerradas las mentes de los actores de esta nueva guerra, así se han cerrado a la luz pública los canales de diálogo en los que se podrían generar soluciones a la violencia. Fue a puerta cerrada que se forjó una tregua cuyos costos todavía no alcanzamos a visualizar y cuyos efectos seguirán presentes por mucho tiempo. Sorprende que mientras el gobierno del FMLN no aceptó su participación en la tregua; no obstante, sus funcionarios intentaron agenciarse sus “frutos”, el partido ARENA se opuso públicamente, aunque en las sombras entablaban un diálogo del que hasta ahora nos damos cuenta. Bueno, a esta alturas ya no sorprende tanto.

Penoso es que las explicaciones las brinden obligados por una investigación periodística y no con la vocación de transparentar los procesos paralelos a los esfuerzos electorales. Vergonzoso es que no exista una respuesta sin contradicciones de parte tanto de los involucrados como de la dirigencia del partido. Nuevamente las acciones y declaraciones cuestionan tanto los mecanismos de fiscalización interna del partido como su voluntad democrática. Pareciera que los aprendizajes de la derrota de 2009 cayeron en tierra infértil.

Quizás el problema no es dialogar con pandilleros, siempre y cuando esto no signifique negociar el cumplimiento de la ley. Mucho se pudo haber logrado con un diálogo público y transparente sobre las situaciones que fortalecen nuestra cultura de la violencia. Pero esas condiciones de transparencia y publicidad no se logran mientras lo que domine en el país sean los acuerdos a puertas cerradas. Urge preguntarnos ¿a quién le corresponde abrirlas?

Los partidos políticos no están interesados en abrir las puertas. Ellos se han beneficiado de la falta de transparencia, de la poca o nula democracia interna y del fanatismo de sus militancias. Las instituciones no pueden abrirlas, ya que muchos de sus funcionarios llegan por puro valor partidario a engrosar las filas de la burocracia y la inoperancia, bendecidos por sudar la camiseta del partido y siguiendo sus lineamientos. Las leyes escritas son insuficientes para abrir las puertas, pues alguien tiene que activar esa infraestructura legal diseñada para llevar luz a los lugares más recónditos de nuestra institucionalidad.

¿Quién más que la ciudadanía para hacer de esta democracia un verdadero ejercicio de poder popular? ¿Cómo hacerlo? En la siguiente entrega se propondrá una estrategia.

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