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A una mamá emprendedora

Con orgullo puedo decir que cada día que pasé en esa tienda me formó. Aprendí de la vida, de las historias de cada cliente, de lo que hay afuera, de la realidad. Agradezco a mi mamá por haberme enseñado a trabajar.

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Karla Rivas -Estratega en Reputación  y Sostenibilidad

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El amor de una madre es difícil de explicar, es una mezcla entre dureza y suavidad, entre la exigencia y búsqueda constante de la perfección y la ternura ante la imperfección. Las madres no somos perfectas, ni somos las mejores del mundo como dicen todas las tarjetas en esta época, simplemente intentamos guiar en el día a día a nuestros pequeños, con amor.

Marina fue una niña inquieta y a pesar de su pobreza creció feliz entre nueve hermanos en el campo de un cantón de Chalatenango. Al ser mayor de edad se mudó a San Salvador y empezó a trabajar como dependiente en un almacén en el centro de San Salvador donde vendía cosméticos. Siempre bien maquillada y arreglada, pasaba horas tras esa vitrina, vendiendo los últimos productos del mercado para llegar a su casa por las noches a seguir trabajando para "cuadrar" las ventas.

Con dos niñas e ingresos modestos, un día decidió independizarse y montar su negocio. Sus tacones y faldas se convirtieron en zapatos cómodos y jeans, y los cosméticos en productos de consumo. Ella puso una tiendita en la sala de una casa, espacio que le alquilaba a la propietaria, una costurera que vivía "de la tienda para atrás".

En ese pequeño espacio, rodeadas de sacos de frijol y maíz, trabajaban al salir del colegio, sus hijas de diez y doce años. Ahí aprendieron a hacer bolsas de una, dos y cinco libras de azúcar; pesar pollo en libras; empacar regalos; atender a los clientes; surtir productos; hacer cuentas; en fin, a vivir la vida de emprendedoras.

La "tiendita de la niña Marina" fue creciendo. Su amabilidad, talento para la venta y trabajo duro le llevó a trasladar su tienda a un local comercial a un par de cuadras de donde estaba la tienda al inicio. Con esfuerzos, el negocio creció y la niña Marina sacaba de ahí para pagar los gastos escolares de sus hijas, para la comida y hasta para pagarles clases de inglés particulares, buscando un mejor futuro para "las niñas".

En ese negocio, sus hijas vieron desfilar vendedores, cada uno con una forma de "llegarle" a la niña Marinita, dura negociadora, que no se guardaba cualquier sugerencia de mejora para ellos o sus supervisores, cuando llegaban a pedirle su opinión.

Desde agradecer por la primera compra del día, hasta agradecer por la última compra de la noche, la niña Marina siempre enseñó a sus hijas que el trabajo duro traía recompensa. Para las hijas que trabajaban en la tienda hasta el domingo, era difícil de entender. Sacrificar tardes de sábado de fiesta por estar en la tienda, o trabajar todo el día para luego en la noche hacer tareas escolares, no era la vida "normal" de la mayoría de sus compañeras.

Por cuestiones de la vida la niña Marinita no pudo continuar con su tienda, después de un poco más de 25 años de abrir sus puertas todos los días, llegó el momento de descansar y disfrutar un poco del fruto por lo que tanto trabajó.

La niña Marinita es mi mamá, y con orgullo puedo decir que cada día que pasé en esa tienda me formó. Aprendí de la vida, de las historias de cada cliente, de lo que hay afuera, de la realidad. Agradezco a mi mamá por haberme enseñado a trabajar, ahora lo entiendo todo, era la mejor herencia que cualquier hijo puede necesitar.

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