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A unos cuantos días de que se cumplan 25 años del fin del conflicto bélico hay desbordante material para el análisis y la reflexión

Es común escuchar que el fin de la guerra interna no trajo la paz al país, aunque se firmara un Acuerdo de Paz para finalizarla.
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A unos cuantos días de que se cumplan 25 años del fin del conflicto bélico hay desbordante material para el análisis y la reflexión

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Ante tales consideraciones es conveniente profundizar en lo sucedido, para no caer en juicios que simplifiquen el fenómeno. En realidad tanto la guerra como la posguerra tienen sus propios contenidos y sus respectivas consecuencias, y desmenuzar ambos a estas alturas del proceso nacional es una tarea no sólo pertinente sino necesaria.

La guerra –insistimos en ello cada vez que la oportunidad se presenta– surgió de las distorsiones históricas y estructurales que se fueron acumulando en el tiempo. No se la inventó nadie: fue producto de los errores y los abusos fundamentales que impidieron la organización de la libertad y la construcción del progreso. El agente detonador fue la aspiración revolucionaria, que creó al otro sujeto de la contienda. El antiguo letargo nacional desembocó en refriega, y cuando la refriega se agotó en el terreno se abrió la nueva época. Hubo Acuerdo de Paz porque lo que se dejaba atrás era la guerra, y porque con esa solución se hacía el primer despeje de ruta hacia lo que podía ser un régimen de vida nacional en el que la normalidad tuviera auténticas garantías de funcionamiento y de continuidad. Todo ello para asegurar en definitiva y definitivamente la convivencia pacífica en clave de armonía progresista.

Lo primero que hizo la solución política de la guerra fue abrirle a la democracia, que tenía ya más de diez años de haber emergido en el ambiente, unos espacios mucho más claros y confiables para que pudiera desarrollarse a plenitud. Pero aquí hay que reiterar un dato que puede explicar muchas cosas: lo que en verdad se les estaba dejando a la sociedad, a sus distintas fuerzas y a sus respectivos liderazgos era una tarea de renovación nacional que habilitara las oportunidades evolutivas potenciadas por el fin de una larga época de turbulencias y desajustes diversos. Nadie pareció oír el mensaje, que era al mismo tiempo un mandato; y a partir de tal despiste culpable las cosas se empezaron a descomponer en distintas vías. Es lo que ahora tenemos, con saldos crecientes de inseguridad, de desconfianza y de pesimismo.

Resulta casi inverosímil que luego de haber transitado por tantas veredas tortuosas y de venir de una experiencia tan desgastante y lacerante como es una guerra fratricida no se diera de inmediato un surgimiento de conciencia que fuera haciendo luz sobre lo que tenía que ser corregido, transformado o preservado para que el país entrara de veras en una nueva lógica de vida. Tal vacío de percepción es sin duda el signo más revelador de las fallas profundas que nos aquejan. Lo que se impone como medida emergente es un diagnóstico serio sobre nuestros trastornos de actitud, para recomponernos desde la raíz.

Estamos en 2017 y los 25 años transcurridos desde aquel momento estelar que por tanto tiempo pareció inalcanzable han sido un mosaico en el que lo positivo y lo negativo interactúan sin descanso. Cada día tenemos más cosas por hacer en el país para construir en él la suerte auspiciosa y beneficiosa que todos merecemos, y ese es un reto cotidiano al que no hay cómo escapar sin consecuencias de alto costo. Hay que poner, pues, manos a la obra, sin más dilaciones ni distracciones, cada quien en lo suyo.

Continuamos hablando de posguerra precisamente porque las transiciones desatadas con el fin del conflicto aún se hallan en fase de despliegue, unas más avanzadas que otras; pero llegará hora, ojalá muy pronto, en que sea desfase hablar de posguerra y nos enfoquemos de manera creativa y eficiente en el estímulo y en la salvaguarda de la normalidad alcanzada. Y eso, en su momento, ni siquiera habrá que celebrarlo porque será el triunfo de lo normal.

La paz nunca es un producto espontáneo: hay que procesarla constantemente, en consonancia con las demandas sucesivas del fenómeno real; y eso lo tenemos que asimilar y asumir en forma inequívoca, como exigen todas las cosas esenciales.

El trabajo será arduo, pero los frutos del mismo compensarán todo esfuerzo bien concebido y bien realizado.

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