A ver si esta vez es cierto que los partidos políticos se disponen a entenderse sobre los temas claves de país

La voluntad explícita en un acuerdo como el comentado constituye el sostén anímico de base, siempre que los suscriptores tomen el compromiso en serio desde el inicio y hacia adelante.
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El pasado viernes, bajo el patrocinio de la Organización de los Estados Americanos (OEA) y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y con la presencia del Presidente de la República como testigo de honor, los seis partidos políticos que tienen diputados en la Asamblea Legislativa suscribieron una Declaración Conjunta de Compromiso para llevar adelante un proceso de Diálogo Político Nacional. No es la primera vez que, a lo largo de las ya más de dos décadas de posguerra, se asumen compromisos de esta índole, y la experiencia vivida no es alentadora al respecto; pero hay que tener en cuenta, para valorar lo que pudiera ocurrir en el momento actual, que los problemas vienen agudizándose y que los márgenes de evasión frente a los mismos se vuelven cada vez más estrechos.

En las consideraciones que sustentan la Declaración que acaba de firmarse hay reconocimientos explícitos sobre lo que hay que hacer y sobre las actitudes que pueden conducir a ello. Se menciona la necesidad del diálogo posibilitador de consensos, se reconoce que dicho diálogo tiene que basarse en la buena voluntad y en la perseverancia, se afirma la convicción de que el intercambio debe ser “fraterno, armónico y productivo”, y se determina que un proceso como este “debe ser ajeno a los vaivenes propios de la coyuntura político-electoral que vive el país”. Todo ello resulta, desde luego, incuestionable, y es lo que se les ha venido diciendo y pidiendo, desde diversos ángulos de opinión desapasionada y consistente, a los distintos actores nacionales, comenzando por los políticos.

Ahora se trata de que las bonitas palabras se vayan convirtiendo cuanto antes en hechos concretos y verificables. La voluntad explícita en un acuerdo como el comentado constituye el sostén anímico de base, siempre que los suscriptores tomen el compromiso en serio desde el inicio y hacia adelante. Representa un avance que se reconozca de manera expresa que hay que distinguir entre coyuntura política y responsabilidad estructural; y hacerlo en este preciso momento, cuando estamos a unas cuantas semanas de que la competencia electoral se resuelva en las urnas, le agrega valor a la Declaración Conjunta.

Para que lo propuesto sea creíble tendrá que venir, en el más corto plazo, la definición y la puesta en práctica de las acciones básicas: agenda, calendario y mecanismos de seguimiento y verificación. Sentarse a conversar y quedarse ahí es en lo que han acabado todos los empeños anteriores. Y para girar hacia la efectividad sería muy útil tomar en cuenta la experiencia que se vivió en la construcción del Acuerdo de Paz que en estos días está cumpliendo 23 años de vigencia ininterrumpida.

Los suscriptores de esta Declaración Conjunta de Compromiso manifiestan al inicio del texto que son conscientes de que “a través del diálogo y el logro de acuerdos, las y los salvadoreños somos capaces de avanzar y superar las dificultades que se presenten, anteponiendo para ello los altos intereses del país”. Verdad inequívoca. Y hoy lo que se impone es que lo demuestren sin tardanza.

Hacemos votos porque en esta ocasión, y dada la gravedad de la situación nacional que enfrentamos en casi todos espacios problemáticos del fenómeno real, los hechos les hagan honor a las palabras. Los salvadoreños merecemos lo mejor, y en ello no hay diferenciaciones válidas de ninguna índole.

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