Abolir la pena de muerte

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Después del rezo a la Madre de Dios, del segundo Domingo de Cuaresma, el papa Francisco reiteró su anhelo de que se impulse la abolición de la pena de muerte en un llamamiento a las conciencias de los gobernantes.

No existe duda de que las sociedades modernas tienen la posibilidad de reprimir el crimen sin quitarle definitivamente a aquel que lo ha cometido la posibilidad de redimirse.

El problema se debe enfocar en la perspectiva de una justicia penal conforme a la dignidad del hombre y al designio de Dios sobre el hombre y la sociedad y también a una justicia penal abierta a la esperanza de la reinserción en la sociedad.

El mandamiento ‘no matarás’ tiene valor absoluto y se refiere tanto al inocente como al culpable.

El Jubileo extraordinario de la Misericordia es una ocasión propicia para promover en el mundo formas cada vez más maduras de respeto de la vida y la dignidad de toda persona.

También el criminal mantiene el inviolable derecho a la vida, don de Dios.

Apelo a la conciencia de los gobernantes para que se alcance un consenso internacional para la abolición de la pena de muerte. Y propongo a cuantos entre ellos son católicos que cumplan un gesto valiente y ejemplar: que no se ejecute ninguna condena a la pena de muerte en este Año Santo de la Misericordia.

Todos los cristianos y hombres de buena voluntad están llamados a obrar en favor de la abolición de la pena de muerte y a mejorar las condiciones de reclusión respetando la dignidad humana de las personas privadas de la libertad.

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