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Acción retardada

Si se lo imaginaron, seguramente los dirigentes del FMLN nunca pensaron que iban a sufrir el 4 de marzo la derrota más contundente desde que entraron al mundo de la política.
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Juan Héctor Vidal / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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La soberbia y el verticalismo de algunos, los intereses personales, las diferencias sobre la celeridad y profundidad de su proyecto y, como consecuencia, las disputas en torno al liderazgo en el partido, parecerían explicar, desde el punto de vista estratégico, la debacle. Así, floreció e hizo de las suyas, el binomio gobierno-partido a lo cual muchos atribuyen el fracaso. Pero las “menudencias”, en todo caso contaminadas por la superestructura, necesariamente también habrían, por aparte, de pasarle la factura.

Los mensajes redentoristas encapsulados en una versión cínica de los logros en el campo social no han pasado de ser eso, mientras han penetrado hasta el tuétano, la ineficacia de los programas sociales, la opacidad en el manejo de los recursos públicos, el enriquecimiento escandaloso de sus dirigentes y los ataques permanentes contra la institucionalidad. Por el contrario, no procesaron el descontento generalizado por la pésima provisión de bienes y servicios esenciales, el impacto de la cascada de impuestos cuyo destino se desconoce, el destrozo del tránsito urbano y los negocios para construir obras ineficaces que solo satisfacen el bolsillo y el ego de sus protagonistas. Y qué decir de la protección a funcionarios indiciados en graves delitos que han implicado la muerte de personas inocentes.

La respuesta más simplista es que no ha funcionado la comunicación para informar debidamente a la población sobre los logros y el gran esfuerzo realizado en el campo social, donde los paquetes escolares y el buen vivir se presentan como la panacea de una gestión exitosa y la preocupación por los menos afortunados. Pero en los hechos, estos no responden ni a las expectativas que ha generado el gobierno y, en cambio, lo dejan como simple vendedor de ilusiones.

El presidente sostiene que la eliminación de ciertos subsidios es lo que más ha afectado el favor de las mayorías. Probablemente tenga algo de razón, porque los recursos frente a las necesidades de los destinatarios siempre son escasos, pero sí abundan para mantener una propaganda falsa y costosa sobre su impacto. Aquí no incluimos la abultada planilla de activistas, el nepotismo insaciable, ni los jugosos salarios y prebendas sin límites para mantener sanguijuelas. Mientras tanto, el gobierno sigue extrayendo recursos del sistema, mermando las posibilidades de reactivar la economía y así propiciar la creación de empleos productivos que efectivamente ayude a detener la pauperización de la clase media.

En el fondo, lo que esto señala es la incapacidad para remover las causas que mantienen deprimida a la economía, la falta de voluntad para detener la corrupción y mejorar el clima de negocios. Frente a ello, lo que progresa es la economía subterránea originada en la extorsión, que se alimenta de un nuevo perfil delincuencial que ha hecho trizas los planes de seguridad y los mismos espacios para la actividad productiva ajustada a las leyes.

A estas alturas, remover personas del gabinete para enmendar un problema estructural-ideológico es una pérdida de tiempo, porque ello no detendrá la caída en picada del gobierno. Pero, sí se puede hacer más suave, expulsando a corruptos y aquellos que, en salvaguarda de sus propios intereses, han enturbiado la gestión pública y hecho más difícil nuestra vida cotidiana. No es una pérdida de tiempo echarle un vistazo a las encuestas, pero sí es un error desechar el clamor popular reflejado en las mismas.

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