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Aceptar la luz

Desde que tengo memoria consciente me ha parecido un símbolo perfectamente insuperable lo que según la Biblia fue el primer mandato divino que se conoce: “¡Hágase la luz!” ¿Qué había entonces antes de la luz? Enigma sin respuesta.
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Porque si Dios existe, como creemos sin el menor pálpito de duda, Él es el proveedor natural de todas las iluminaciones, desde el principio de la eternidad.

De seguro lo que quiere indicarnos es que lo humano es inconcebible sin el acompañamiento de la luz, que desde el principio de nuestra existencia se halla junto a nosotros, en todos los espacios interiores y exteriores. Cuando nacemos, lo primero que se nos presenta es el despertar en un nuevo espacio, en el que nos rodean seres y objetos de la más variada índole.

A lo largo de la vida estamos inmersos en una cotidianidad identificable por las tonalidades de la atmósfera circundante. Y si algo nos inquieta en lo referente al tránsito después de la vida terrena es no saber de antemano si podremos reconocer sensiblemente lo que entonces nos rodee. En realidad lo único cierto es que somos discípulos y acompañantes de la luz, en cualquiera de las formas en que ésta se conciba y se manifieste. ¿Qué haríamos sin ella? Deambular a tientas por espacios desconocidos. Y si es así, tenemos que aceptar y agradecer como propio el mandato inaugural de la vida: “¡Hágase la luz!” Estamos, pues, a diario, en el comienzo, con todas las promesas que eso trae consigo...
 

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